PENTECOSTÉS Ven, Espíritu Creador
PENTECOSTÉS
Ven, Espíritu Creador
Oración final del decenario al Espíritu Santo
Después de estos días de preparación, la Iglesia llega nuevamente a Pentecostés.
No como quien recuerda solamente un acontecimiento del pasado, sino como quien vuelve a abrir el corazón al don siempre nuevo del Espíritu Santo.
El antiguo himno Veni Creator Spiritus ha acompañado durante siglos la oración de la Iglesia: ordenaciones, concilios, sínodos, consagraciones, tiempos de discernimiento y grandes momentos de súplica.
Hoy queremos rezarlo despacio, dejando que cada palabra se convierta también en oración de nuestra vida.
Veni Creator Spiritus
Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles y llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo creaste.
El Espíritu Santo no viene a una tierra extraña. Él mismo nos ha creado. Conoce nuestras heridas, nuestros cansancios, nuestras búsquedas más profundas.
Pentecostés es dejar que Dios vuelva a entrar allí donde quizá habíamos cerrado el corazón.
Tú eres nuestro Consolador, don de Dios Altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.
El Espíritu no es una idea abstracta. Es presencia. Consuela, ilumina, sostiene, purifica, fortalece.
Muchas veces buscamos fuerza en nosotros mismos y terminamos agotados. El Espíritu Santo quiere enseñarnos a vivir sostenidos por Dios.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú, el dedo de la mano de Dios; Tú, el prometido del Padre; Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
El Espíritu Santo hace fecunda la vida cristiana. No actúa solamente en momentos extraordinarios. Forma lentamente el corazón: enseña a amar, a discernir, a permanecer fieles, a vivir con sabiduría y paz.
Él sigue hablando en la Iglesia, en la Escritura, en la liturgia y en el silencio del alma que escucha.
Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne.
Hay cansancios que no se curan solamente descansando. Hay heridas profundas, luchas interiores, pobrezas que necesitan la gracia de Dios.
El Espíritu Santo no elimina mágicamente nuestra fragilidad, pero la habita. Y allí donde parecía haber solo debilidad, comienza lentamente a aparecer la fuerza de Dios.
Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto la paz, y siendo Tú nuestro guía, evitaremos todo mal.
El Espíritu conduce hacia la paz. No hacia una paz superficial, sino hacia esa reconciliación profunda que nace de saberse sostenidos por el Padre.
Cuando el Espíritu habita verdaderamente un corazón, disminuye el miedo, la dureza, la agitación constante. Y comienza a crecer una libertad nueva.
Por Ti conozcamos al Padre, y también al Hijo; y que en Ti, Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo.
Toda la obra del Espíritu conduce hacia Cristo y abre el corazón al Padre. El Espíritu no busca hablar de sí mismo: hace transparentar el rostro de Dios.
La vida cristiana madura cuando comenzamos a vivirlo todo desde esta comunión: hijos en el Hijo, habitados por el Espíritu.
Amén.
Quizá el gran fruto de Pentecostés no sea sentir algo extraordinario, sino dejar nuevamente espacio a Dios.
El Espíritu Santo no hace ruido, pero lo transforma todo desde dentro.
Ven, Espíritu Santo.
«Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra.»
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