86. Orar con la liturgia: Prefacio II de la Ascensión del Señor

El misterio de la Ascensión

En este segundo prefacio de la Ascensión, la liturgia nos conduce a contemplar el misterio con una sobriedad llena de profundidad: Cristo resucitado se aparece, es reconocido, y finalmente es elevado al cielo. Pero este movimiento no es solo suyo. La clave está en la finalidad que se nos revela: «para hacernos partícipes de su divinidad».

La Ascensión no es un alejamiento, sino una elevación que nos incluye. Lo que sucede en Cristo tiene una dirección: abrirnos el acceso a la vida misma de Dios.

Y, sin embargo, la liturgia no nos invita solo a comprenderlo, sino a habitar este misterio, a dejarnos atraer por él. La Ascensión no es solo algo que Cristo ha hecho, sino algo que empieza a suceder en nosotros.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

El cual, después de su resurrección,
se apareció visiblemente a todos sus discípulos
y, ante sus ojos, fue elevado al cielo
para hacernos partícipes de su divinidad.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales,
los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

Este prefacio es breve, pero de una densidad extraordinaria. Describe un movimiento visible —Cristo que se eleva— y revela una transformación invisible —el hombre llamado a participar de Dios.

La liturgia nos introduce así en una contemplación que va de lo que se ve a lo que se nos da… y de lo que se nos da a lo que estamos llamados a vivir.

y, ante sus ojos, fue elevado al cielo

La Ascensión sucede ante los ojos de los discípulos. Es importante: no es una idea, no es una intuición espiritual. Es un acontecimiento que puede ser visto.

Pero lo que se ve no se agota en lo visible.

Cristo es elevado. No se eleva a sí mismo: es llevado, acogido, introducido. Hay aquí un movimiento de acogida por parte del Padre. La humanidad de Cristo entra, por así decir, en el espacio de Dios.

Este “ser elevado” revela algo profundamente consolador: nuestra humanidad no queda fuera de Dios, no queda al margen, no queda abajo. Ha sido tomada y llevada dentro.

Y, sin embargo, esta elevación no es espectacular, sino silenciosa. No hay palabras, no hay discursos. Solo un gesto: Cristo desaparece a los ojos para hacerse presente de un modo más profundo.

Aquí la liturgia nos introduce en una experiencia espiritual muy concreta: aprender a reconocer a Cristo no solo cuando se deja ver, sino cuando se eleva, cuando deja de ser poseíble para convertirse en presencia interior.

La Ascensión educa la fe: nos enseña a pasar de ver a creer, de retener a confiar.

para hacernos partícipes de su divinidad

Esta es la finalidad. Todo converge aquí.

Cristo no asciende para completar su destino individual, sino para abrir un camino. Su elevación no es un privilegio aislado, sino una posibilidad ofrecida.

“Hacernos partícipes” indica algo dinámico, progresivo, real. No se trata de una dignidad externa, sino de una comunión de vida.

Participar de la divinidad no significa dejar de ser humanos, sino llegar a ser plenamente lo que estamos llamados a ser: criaturas abiertas a Dios, habitadas por Él, vivas de su misma vida.

La liturgia nos introduce aquí en una mistagogía muy concreta: la vida cristiana no es solo esfuerzo moral, ni solo seguimiento exterior, sino transformación interior por participación.

Esto comienza ya. En la gracia, en los sacramentos, en la oración, el creyente empieza a vivir de esta vida que no es suya y, sin embargo, se convierte en lo más íntimo de sí mismo.

Hay aquí una llamada muy profunda: dejar que Dios no solo nos acompañe, sino que nos habite.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual…

La alegría brota de esta elevación compartida. No es solo que Cristo esté en la gloria, sino que la humanidad ha entrado en ella.

El mundo entero se desborda porque su destino ha sido revelado. Y los ángeles cantan porque contemplan este misterio que supera toda lógica creada: el hombre llamado a la comunión con Dios.

El Santo es, entonces, el canto de quienes ya han comenzado a participar de esa vida.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es dejarse atraer hacia lo alto sin salir de lo cotidiano.

Puede ser una oración muy sencilla:
Señor Jesús, tú que has sido elevado, eleva también mi corazón, mis deseos, mi vida entera.

Y también:
Hazme vivir desde dentro de Ti, participando ya de tu vida.

Es una oración de deseo: aprender a querer lo que Dios quiere dar.

Clave mistagógica final

El Prefacio II de la Ascensión nos introduce en una verdad que desborda toda medida: la humanidad ha sido introducida en Dios, y nosotros estamos llamados a participar de esa misma vida.

«Fue elevado al cielo» nos enseña que nuestra vida está llamada a más de lo que vemos.
«Hacernos partícipes de su divinidad» nos revela que ese “más” no es lejano, sino ya ofrecido.

La liturgia nos educa así en una vida interior nueva: vivir en la tierra con el corazón elevado, dejarse atraer por Cristo, y descubrir, poco a poco, que nuestra verdadera vida está escondida con Él en Dios.

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