85. Orar con la liturgia: Prefacio I de la Ascensión del Señor

El misterio de la Ascensión

En la solemnidad de la Ascensión, la liturgia nos sitúa ante un misterio que no es de ausencia, sino de plenitud. Cristo no se aleja del mundo: entra con nuestra humanidad en la gloria del Padre.

En este prefacio aparece un detalle lleno de hondura: «ante el asombro de los ángeles». No es una expresión poética sin más. La Ascensión revela algo tan nuevo que incluso el cielo lo contempla con admiración. Los ángeles, que conocen la gloria de Dios, se sorprenden al ver a la humanidad glorificada en Cristo.

Ahí comienza nuestra esperanza.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy], ante el asombro de los ángeles,
a lo más alto de los cielos,
como Mediador entre Dios y los hombres,
como Juez del mundo y Señor del universo.

No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza,
sino que nos precede el primero como cabeza nuestra,
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

La Ascensión no es un “después” de la Pascua, sino su culminación visible. Lo que en la resurrección ha comenzado, aquí se manifiesta: la humanidad de Cristo entra plenamente en la comunión con el Padre.

Y la liturgia subraya algo inesperado: los ángeles se asombran.

ha ascendido hoy, ante el asombro de los ángeles

Los ángeles están habituados a la gloria de Dios. Viven en su presencia. Y, sin embargo, aquí se asombran.

¿De qué? No de que Dios sea glorioso —eso lo conocen—, sino de que un hombre entre en esa gloria. De que la carne, la historia, lo humano concreto, sea elevado hasta el seno de Dios.

El asombro de los ángeles es, en el fondo, el asombro ante la misericordia llevada hasta el extremo. Dios no solo perdona al hombre: lo eleva, lo introduce en su propia vida.

La liturgia nos invita a dejarnos contagiar por este asombro. Muchas veces nos acostumbramos al misterio hasta perder su novedad. Los ángeles, en cambio, nos recuerdan que lo que celebramos supera toda medida.

como Mediador entre Dios y los hombres,
como Juez del mundo y Señor del universo

Cristo no asciende para desaparecer, sino para ejercer plenamente su misión.

Es Mediador, porque en Él se encuentran definitivamente Dios y el hombre.
Es Juez, porque su vida revela la verdad del mundo.
Es Señor, porque todo le ha sido entregado.

La Ascensión no aleja a Cristo: lo hace presente de un modo nuevo, más profundo, más universal.

No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza

La liturgia corrige inmediatamente una posible mala comprensión. Cristo no se va para abandonar.

Al contrario: su Ascensión es el modo en que puede estar verdaderamente con todos. No queda limitado a un lugar, sino que alcanza toda la realidad.

Aquí se purifica nuestra imagen de Dios: su distancia no es lejanía, es trascendencia que sostiene.

sino que nos precede el primero como cabeza nuestra

Cristo no asciende solo. Lo hace como cabeza de un cuerpo.

Esto cambia completamente la perspectiva: la Ascensión no es solo lo que le sucede a Él, sino lo que comienza a sucedernos a nosotros.

Donde está la cabeza, está llamado a estar el cuerpo.

para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino

La consecuencia es la esperanza. Pero no una esperanza débil o difusa, sino ardiente.

La liturgia no nos invita solo a mirar al cielo, sino a vivir desde esa meta ya abierta. La Ascensión enciende en el corazón del creyente un deseo nuevo: estar con Cristo, participar de su vida, seguir su camino.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual…

La alegría pascual alcanza aquí una tonalidad particular: es la alegría de la esperanza.

El mundo entero se desborda, y los ángeles —los mismos que se han asombrado— ahora cantan. Su asombro se convierte en alabanza.

Y la Iglesia se une a ese canto. El Santo es la respuesta a este misterio: la humanidad, llamada a la gloria, entra ya en la alabanza del cielo.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es levantar la mirada. No para evadirnos de la tierra, sino para vivirla de otro modo.

Puede ser una oración sencilla:
Señor Jesús, tú que has entrado en la gloria, haz crecer en mí el deseo de seguirte y enséñame a vivir con esperanza.

Y también:
Dame el asombro de los ángeles, para no acostumbrarme a tu misterio.

Clave mistagógica final

El Prefacio de la Ascensión nos introduce en una verdad luminosa: la humanidad ha entrado en Dios.

El asombro de los ángeles nos recuerda que esto no es algo evidente ni automático, sino un don inmenso. La liturgia nos educa así en una fe admirada, capaz de reconocer la grandeza de lo que se nos ha dado.

Cristo ha subido, pero no se ha ido: nos ha abierto el camino. Y quien vive con esta certeza comienza ya, en medio del mundo, a participar del cielo y de su canto eterno.

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