87. Orar con la liturgia Prefacio para después de la Ascensión
Orar con la liturgia
Prefacio para después de la Ascensión
En la espera de la venida del Espíritu Santo
Entre la Ascensión y Pentecostés, la liturgia crea un tiempo muy particular. No es ya el asombro de la subida del Señor ni todavía el fuego del Espíritu derramado. Es el tiempo de la espera orante.
La Iglesia permanece en el Cenáculo. Mira al cielo, pero no se dispersa; espera, pero no está vacía; calla, pero su silencio está lleno de promesa.
El prefacio de estos días nos introduce precisamente en este clima espiritual: Cristo ha entrado ya en el santuario del cielo y, desde allí, prepara la efusión incesante del Espíritu.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
que todas las criaturas, en el cielo y en la tierra,
se unan en tu alabanza,
Dios todopoderoso y eterno,
por Jesucristo, tu Hijo,
Señor del universo.
El cual,
habiendo entrado una vez para siempre
en el santuario del cielo,
ahora intercede por nosotros,
como mediador que asegura
la perenne efusión del Espíritu.
Pastor y obispo de nuestras almas,
nos invita a la plegaria unánime,
a ejemplo de María y los apóstoles,
en la espera de un nuevo Pentecostés.
Por este misterio de santificación y de amor,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria.
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
Este prefacio tiene algo profundamente contemplativo: no mira tanto una acción visible como una obra silenciosa.
Cristo ya ha ascendido. El Espíritu aún no ha sido manifestado plenamente. Y la Iglesia espera.
Pero esa espera no está vacía: está sostenida por la intercesión de Cristo.
habiendo entrado una vez para siempre
en el santuario del cielo
La expresión es extraordinaria. Cristo no entra simplemente “en el cielo”, sino en el santuario.
La liturgia nos hace mirar la Ascensión con ojos sacerdotales. El Resucitado entra como quien lleva consigo una ofrenda: su humanidad glorificada, sus llagas, su entrega consumada.
Y entra una vez para siempre.
No necesita volver a ofrecerse. No necesita repetir el sacrificio. Todo ha sido llevado al Padre. La humanidad ya tiene un lugar en el corazón mismo de Dios.
Aquí el prefacio nos invita a una contemplación muy serena: nuestra vida no está esperando ser aceptada; en Cristo, ya ha sido introducida.
Cada Eucaristía nos abre una rendija hacia este santuario.
ahora intercede por nosotros,
como mediador que asegura
la perenne efusión del Espíritu
Cristo no permanece inmóvil en la gloria. El prefacio lo presenta actuando: intercede.
Y esta intercesión tiene un fruto concreto: la perenne efusión del Espíritu.
Pentecostés, entonces, no es solo un día. Es un estado permanente de la Iglesia.
El Espíritu sigue siendo derramado. Sigue descendiendo. Sigue santificando.
La liturgia nos educa aquí en una conciencia nueva: no vivimos después de Pentecostés, sino dentro de Pentecostés.
Cada conversión, cada vocación, cada reconciliación, cada impulso de oración… es una huella de esta efusión incesante.
Pastor y obispo de nuestras almas
La expresión recuerda el lenguaje de la Primera Carta de Pedro. Cristo glorificado no deja de pastorear.
Ha subido, pero sigue guiando. Está en el santuario y, al mismo tiempo, acompaña el camino.
Aquí aparece una imagen preciosa: el Señor glorioso sigue siendo Pastor. No se ha vuelto lejano. No ha perdido la cercanía.
Su gloria conserva el rostro del Buen Pastor.
nos invita a la plegaria unánime,
a ejemplo de María y los apóstoles
El prefacio nos lleva ahora al Cenáculo.
La Iglesia aparece reunida, esperando, orando, unificada.
Y en el centro está María.
No habla. No dirige. Está. Su presencia sostiene la espera.
La liturgia nos enseña así una espiritualidad muy concreta: hay momentos en los que la misión comienza simplemente permaneciendo, orando y esperando juntos.
en la espera de un nuevo Pentecostés
Esta frase abre el prefacio hacia el presente.
No se trata solo del Pentecostés histórico. La Iglesia sigue esperando.
Cada comunidad, cada familia, cada sacerdote, cada corazón necesita un nuevo Pentecostés.
Esperar al Espíritu significa dejar espacio, crear silencio, disponerse para una obra que no controlamos.
Por este misterio de santificación y de amor…
El prefacio termina llamando a todo esto misterio de santificación y de amor.
La santidad no aparece aquí como esfuerzo aislado, sino como fruto del Espíritu recibido.
Y el amor no es solo sentimiento, sino participación en la vida misma de Dios.
El Santo brota así como canto del Cenáculo: la Iglesia que espera ya comienza a alabar.
Orar el prefacio
Orar este prefacio es entrar espiritualmente en el Cenáculo.
Puede convertirse en una oración muy sencilla:
Señor Jesús, tú que intercedes por nosotros, derrama nuevamente tu Espíritu.
Y también:
Espíritu Santo, encuentra mi corazón reunido, disponible y en espera.
Es una oración para pedir no actividad, sino disponibilidad.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos enseña que el tiempo entre la Ascensión y Pentecostés no es vacío: es tiempo de interioridad.
Cristo está en el santuario. El Espíritu está siendo derramado. La Iglesia ora.
La liturgia nos introduce así en la espiritualidad del Cenáculo: permanecer con María, vivir de la intercesión de Cristo y esperar, con corazón abierto, el Pentecostés que Dios quiera regalar.
Comentarios
Publicar un comentario