75. Orar con la liturgia: Prefacio propio del III Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Prefacio propio del III Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
La Transfiguración del Señor
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
Avanzado ya el camino cuaresmal, la liturgia nos concede una luz en medio del desierto. El prefacio propio del III Domingo de Cuaresma nos sitúa en el monte santo de la Transfiguración para enseñarnos a mirar la Pasión desde la gloria y la gloria desde la Pasión.
En esta entrega, el acento se desplaza hacia una dimensión esencial de la liturgia: proclamar la grandeza de Dios. La contemplación del misterio no encierra al creyente en un silencio intimista, sino que lo impulsa a la alabanza pública, eclesial, cósmica.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
La acción de gracias se mantiene firme incluso en el tiempo penitencial. La Cuaresma no suspende la alabanza, sino que la purifica, enseñándonos a dar gracias no solo por lo que comprendemos, sino también por lo que todavía nos supera.
Al invocar a Dios como todopoderoso y eterno, la Iglesia confiesa que el camino que va a recorrer —la cruz— está sostenido por una promesa que no falla.
Que, después de anunciar
su muerte a los discípulos,
les mostró en el monte santo
el resplandor de su luz,
El prefacio sitúa cuidadosamente la Transfiguración después del anuncio de la Pasión. No se trata de un episodio aislado, sino de una pedagogía divina.
Jesús muestra su gloria precisamente cuando acaba de anunciar el sufrimiento. El resplandor de su luz no elimina el escándalo de la cruz, pero lo ilumina desde dentro. La liturgia nos enseña así a no huir de la verdad del dolor, sino a mirarlo desde la promesa de Dios.
para testimoniar,
de acuerdo con la ley y los profetas,
que, por la pasión,
se llega a la gloria de la resurrección.
Aquí se revela el sentido profundo de la Transfiguración. No es una excepción luminosa, sino un testimonio: toda la Escritura converge en este camino pascual.
La gloria no es atajo, sino meta. Se llega a ella por la pasión. La Cuaresma educa así nuestra esperanza, enseñándonos a no buscar una gloria sin cruz ni una cruz sin horizonte.
Por eso,
con las virtudes del cielo,
te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:
El prefacio culmina abriendo el horizonte de la alabanza. La contemplación del misterio impulsa a la proclamación. Lo que ha sido revelado en el monte no puede quedar encerrado: debe ser anunciado.
Aquí resuena con fuerza el acento de este domingo: proclamar la grandeza de Dios. La Iglesia, unida a las virtudes del cielo, alaba en la tierra la gloria que ha contemplado. La liturgia se convierte así en anticipo del canto eterno.
El Santo no es solo respuesta ritual, sino proclamación gozosa de la grandeza divina revelada en Cristo.
Orar el prefacio
Orar este prefacio es dejarnos iluminar por la luz de Cristo en medio de nuestras propias subidas y bajadas. Podemos presentar ante Dios nuestras cruces concretas, pidiéndole aprender a mirarlas desde la esperanza de la resurrección.
Es una oración que transforma la mirada: Señor, muéstrame tu gloria para que no me escandalice de la cruz y pueda proclamar tu grandeza incluso en la prueba.
Clave mistagógica final
El prefacio de la Transfiguración nos enseña que la liturgia no solo revela el misterio, sino que nos convierte en testigos. Quien ha contemplado la gloria de Cristo está llamado a proclamar la grandeza de Dios con toda su vida.
La Cuaresma avanza así desde la contemplación hacia la alabanza. Unidos a las virtudes del cielo, aprendemos ya en la tierra el lenguaje del cielo: proclamar sin cesar la gloria de Aquel que nos conduce, por la cruz, a la resurrección.
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