74. Orar con la liturgia Prefacio propio del I Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Prefacio propio del I Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Las tentaciones del Señor
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
Con el comienzo de la Cuaresma, la liturgia cambia de tono sin perder su centro: la acción de gracias. La Iglesia no interrumpe la alabanza, sino que la purifica y la orienta hacia la conversión. El prefacio propio del I Domingo de Cuaresma nos introduce en este tiempo santo contemplando a Cristo tentado en el desierto y situando nuestra penitencia dentro del misterio pascual.
El acento final —«con los ángeles y con la multitud de los santos»— nos recuerda desde el inicio que el combate cuaresmal no se vive en soledad, sino dentro de una comunión que sostiene y orienta nuestro camino.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
La Cuaresma comienza, paradójicamente, dando gracias. Incluso el tiempo de la penitencia nace de la gratitud, porque todo en la vida cristiana es respuesta a un don previo.
Dar gracias siempre y en todo lugar adquiere ahora un matiz nuevo: también en el desierto, también en la prueba, también en la lucha interior. La liturgia nos enseña que la conversión no es negación de la alabanza, sino su forma más verdadera.
El cual, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento,
inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal,
El prefacio comienza fijando la mirada en Cristo. Antes de hablarnos de nuestras prácticas, nos muestra su ayuno. Jesús no se limita a enseñarnos con palabras: inaugura con su vida el camino que la Iglesia recorrerá durante la Cuaresma.
Su abstinencia no es un gesto ascético aislado, sino un acto de obediencia y confianza. El ayuno de Cristo abre un espacio interior donde Dios puede ser reconocido como el verdadero alimento.
y, al rechazar las tentaciones de la antigua serpiente,
nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado;
La liturgia recuerda que el desierto es lugar de combate. Cristo no huye de la tentación, sino que la enfrenta y la vence. Allí donde el hombre había caído, Él permanece fiel.
Rechazando las tentaciones, Jesús no solo triunfa por sí mismo, sino que nos enseña. Su victoria se convierte en pedagogía: en Él aprendemos que el pecado no tiene la última palabra y que su fuerza puede ser sofocada por la fidelidad a Dios.
de este modo, celebrando con sinceridad el Misterio pascual,
podremos pasar un día a la Pascua que no acaba.
La finalidad de la Cuaresma queda aquí claramente expresada. No se trata de un esfuerzo moral autónomo, sino de una preparación sincera para celebrar el Misterio pascual.
El prefacio abre el horizonte: la Pascua no es solo una fecha litúrgica, sino un destino. El camino penitencial conduce a una Pascua que no acaba, a una vida transformada definitivamente por la victoria de Cristo.
Por eso,
con los ángeles y con la multitud de los santos,
te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar:
El prefacio culmina elevando nuestra mirada. El combate cuaresmal no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos introduce en una comunión más amplia.
Cantar con los ángeles y con la multitud de los santos significa reconocer que nuestra lucha se vive dentro de la Iglesia celestial y terrena unida. Los que ya han vencido sostienen el camino de los que aún peregrinan.
El Santo brota así como anticipo de la victoria final: incluso en el desierto, la Iglesia canta la gloria de Dios.
Orar el prefacio
Orar este prefacio es aceptar el desierto como lugar de gracia. Podemos presentar ante Dios nuestras tentaciones concretas, sin miedo, confiando en la victoria de Cristo.
Es una oración especialmente adecuada para comenzar la Cuaresma: Señor, enséñame a ayunar contigo, a resistir contigo y a caminar hacia la Pascua sostenido por tu gracia.
Clave mistagógica final
El prefacio del I Domingo de Cuaresma nos recuerda que la penitencia cristiana nunca es solitaria. El acento final —«con los ángeles y con la multitud de los santos»— revela que el combate espiritual se vive en comunión.
La liturgia forma así un corazón esperanzado: mientras caminamos por el desierto, ya participamos del canto del cielo. La Cuaresma no nos aparta de la alabanza, sino que nos educa para cantar con mayor verdad, hasta llegar a la Pascua que no acaba.
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