73. Orar con la liturgia: prefacio II del Domingo del Tiempo Ordinario


Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

A medida que avanzamos en este camino dominical, la liturgia nos invita a detenernos con más hondura en las palabras que repetimos semana tras semana. No se trata de avanzar deprisa, sino de habitar el prefacio, dejándonos formar por su lenguaje y su teología orante.

El Prefacio II del Tiempo Ordinario nos vuelve a situar ante el plan divino de la salvación, y lo hace subrayando una invocación que sostiene toda la oración: «Dios todopoderoso y eterno». En ella se concentran el modo de actuar de Dios y el horizonte hacia el que conduce la historia. 

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

La acción de gracias se dirige a un Dios que es Padre, todopoderoso y eterno. La liturgia une cuidadosamente estos atributos para evitar cualquier comprensión deformada de Dios.

La omnipotencia divina no se separa de la paternidad ni de la santidad. Dios es todopoderoso no porque imponga su fuerza, sino porque su amor no conoce límites. Y es eterno no porque esté lejos del tiempo, sino porque su fidelidad atraviesa la historia sin agotarse.

Dar gracias a un Dios todopoderoso y eterno es reconocer que nuestra salvación no depende de equilibrios frágiles, sino de un designio firme, sostenido por Cristo, Señor nuestro. 

El cual,
compadecido del extravío de los hombres,
quiso nacer de la Virgen;

El plan de Dios comienza con una palabra decisiva: compadecido. No hay distancia ni indiferencia en la mirada divina. Dios ve el extravío del hombre y responde con cercanía.

La omnipotencia se manifiesta de un modo desconcertante: quiso nacer de la Virgen. El Eterno entra en el tiempo. El Todopoderoso acepta la debilidad. El plan divino no corrige al hombre desde fuera, sino que lo acompaña desde dentro.

Aquí la liturgia nos enseña a reconocer que el poder de Dios se expresa como humildad que salva.

sufriendo la cruz,
nos libró de eterna muerte,

El camino del plan divino pasa necesariamente por la cruz. No como accidente, sino como expresión suprema del amor.

El Dios todopoderoso no evita el sufrimiento, sino que lo asume y lo transforma. En la cruz, la muerte pierde su carácter definitivo. Allí donde parecía triunfar la ruina, Dios inaugura la liberación.

Dar gracias en este punto del prefacio es confesar que incluso el dolor, asumido por Cristo, puede ser lugar de salvación.

y, resucitando de entre los muertos,
nos dio vida eterna.

La resurrección revela el rostro definitivo de Dios: eterno. La vida que Cristo nos comunica no es solo prolongación del tiempo, sino participación en la vida misma de Dios.

El plan divino no se agota en la reparación del pasado, sino que abre un futuro nuevo. La eternidad irrumpe ya en la historia y orienta nuestra existencia hacia una plenitud que no se acaba.

Por eso,
con los ángeles y arcángeles,
tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales, 
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

La contemplación del plan de salvación conduce inevitablemente a la alabanza. El Santo es la respuesta de la Iglesia ante un Dios cuya omnipotencia salva y cuya eternidad sostiene la esperanza.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es aprender a descansar en el plan de Dios. Podemos presentarle nuestra fragilidad, nuestros tiempos de extravío y nuestras cruces, confiando en su poder que no se impone, sino que redime.

Repetir lentamente en la oración: Dios todopoderoso y eterno, ayuda a purificar nuestra imagen de Dios y a vivir con mayor confianza el presente. 

Clave mistagógica final

El Prefacio II del Tiempo Ordinario nos introduce en una verdad fundamental: la omnipotencia de Dios se manifiesta en la misericordia, y su eternidad se revela en la vida entregada y resucitada de Cristo.

La liturgia forma así un corazón creyente capaz de leer la historia desde el plan divino, sabiendo que nada queda fuera del amor del Padre y que toda acción de gracias anticipa ya la vida eterna a la que estamos llamados.

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