72. Orar con la liturgia: Prefacio IX Dominical del Tiempo Ordinario
Prefacio IX del Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
(Prefacio II del Espíritu Santo)
En verdad es justo y necesario,es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene
y diriges sabiamente la nava de tu Iglesia,
asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo,
para que, a impulso de su amor confiado,
no abandone la plegaria en la tribulación,
ni la acción de gracias en el gozo,
por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los cielos y la tierra,
los ángeles y los arcángeles,
proclamando sin cesar.
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
Después de haber aprendido, en los domingos anteriores, a dar gracias siempre y en todo lugar, la liturgia nos conduce un paso más adentro del misterio. Ahora la acción de gracias se concreta en una invocación: «Señor, Padre santo».
El Prefacio IX dominical del Tiempo Ordinario nos invita a contemplar la acción constante del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, y a descubrir que la historia eclesial no está abandonada al azar, sino guiada por la providencia amorosa del Padre.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
La liturgia no se dirige a un Dios anónimo. La acción de gracias nace de una relación: Señor y Padre. Al invocar así a Dios, la Iglesia confiesa que vive bajo su señorío y, al mismo tiempo, en la confianza filial.
Decir Señor es reconocer que no somos dueños de la historia ni de la Iglesia. Decir Padre santo es afirmar que su autoridad no oprime, sino que engendra vida y santidad. La acción de gracias brota, entonces, de sabernos guiados por un Dios que es cercano y fiel.
Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene
y diriges sabiamente la nave de tu Iglesia,
asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo,
El motivo de la acción de gracias se formula ahora con una gran serenidad espiritual: Dios concede en cada momento lo que más conviene. No siempre lo que esperamos, pero sí lo que conduce a la salvación.
La imagen de la nave de la Iglesia evoca el camino a través de las aguas de la historia. No navegamos solos. El Padre dirige, y el Espíritu Santo asiste. La Iglesia no se sostiene por sus propias fuerzas, sino por la presencia fiel del Espíritu que la impulsa y la corrige.
para que, a impulso de su amor confiado,
no abandone la plegaria en la tribulación,
ni la acción de gracias en el gozo,
por Cristo, Señor nuestro.
Aquí se revela el fruto de la acción del Espíritu: una Iglesia perseverante. En la tribulación, no abandona la plegaria; en el gozo, no olvida la acción de gracias.
La liturgia nos enseña así una espiritualidad equilibrada y pascual. El Espíritu Santo mantiene unida la súplica y la alabanza, evitando tanto la desesperanza como el olvido de Dios en los momentos favorables.
Todo esto acontece por Cristo, Señor nuestro, en quien la Iglesia aprende a vivir como Hijo confiado en manos del Padre.
A quien alaban los cielos y la tierra,
los ángeles y los arcángeles,
proclamando sin cesar:
La alabanza final ensancha el horizonte: la acción de gracias de la Iglesia se une al canto del universo entero. Cielo y tierra, visibles e invisibles, participan de la misma glorificación.
El Santo brota así como expresión de una comunión que atraviesa el tiempo y el espacio, sostenida por el Espíritu.
Orar el prefacio
Orar este prefacio es aprender a confiar. Podemos presentarnos ante Dios con nuestras incertidumbres personales y eclesiales, creyendo que Él concede siempre lo que más conviene.
Es una oración especialmente adecuada para los momentos de dificultad: Señor, Padre santo, guía tu Iglesia, sostén nuestra oración y enséñanos a no perder la acción de gracias ni en la prueba ni en la alegría.
Clave mistagógica final
La invocación «Señor, Padre santo» sitúa toda la vida cristiana en una relación filial y confiada. El Prefacio IX del Tiempo Ordinario nos revela una Iglesia sostenida por el Espíritu, capaz de orar y agradecer en toda circunstancia.
La liturgia nos forma así en una fe madura: una fe que no se apoya en seguridades humanas, sino en la fidelidad del Padre que guía la nave de su Iglesia hasta el puerto definitivo, donde la acción de gracias se convertirá en alabanza eterna.
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