98. Orar con la liturgia: Prefacio II de la Santísima Eucaristía
Orar con la liturgia: Prefacio II de la Santísima Eucaristía
Los frutos de la Santísima Eucaristía
Las lecturas de este domingo están marcadas por el tema del alimento. El profeta Isaías invita a acudir gratuitamente a las aguas y al pan que verdaderamente sacia. San Pablo proclama que nada podrá separarnos del amor de Cristo. Y el Evangelio nos presenta la multiplicación de los panes, donde Jesús alimenta a la multitud hambrienta en un lugar desierto.
La liturgia nos ayuda a reconocer que todos estos signos encuentran su plenitud en la Eucaristía. El pan multiplicado anticipa el Pan vivo bajado del cielo. El hambre del pueblo anuncia un deseo más profundo que solo Dios puede colmar. Y el banquete preparado por Cristo se convierte en alimento para el camino y anticipación del Reino futuro.
El prefacio que hoy contemplamos nos introduce precisamente en esta contemplación. No se detiene tanto en la institución de la Eucaristía cuanto en sus frutos: la unidad de la Iglesia, la transformación interior de los creyentes y la renovación de toda la creación en la alabanza.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual, en la última cena con sus apóstoles,
para perpetuar a través de los siglos
el memorial de la cruz salvadora,
se entregó a ti como Cordero inmaculado
y ofrenda perfecta de alabanza.
Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles,
para que una misma fe ilumine,
y un mismo amor congregue,
a todos los hombres que habitan un mismo mundo.
Así, pues, nos acercamos a la mesa de este sacramento admirable,
para que, impregnados de la suavidad de tu gracia,
nos transformemos según el modelo celestial.
Por eso, Señor,
tus criaturas del cielo y de la tierra
te adoran cantando un cántico nuevo,
y también nosotros, con todo el ejército de los ángeles,
te aclamamos por siempre diciendo:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...
Para perpetuar el memorial de la cruz salvadora
La Eucaristía nace en la Última Cena, pero mira ya hacia la Cruz.
Cristo no instituye simplemente un rito destinado a conservar un recuerdo. Lo que entrega a la Iglesia es un memorial vivo de su Pascua. Cada celebración eucarística hace presente sacramentalmente el único sacrificio de Cristo, ofrecido una vez para siempre por la salvación del mundo.
Por eso la Iglesia no vuelve a realizar otro sacrificio distinto. Participa del mismo sacrificio del Señor.
La cruz no queda encerrada en el pasado. Su fuerza salvadora alcanza cada generación y cada lugar mediante el sacramento que Cristo ha confiado a su Iglesia.
Cordero inmaculado y ofrenda perfecta
El prefacio reúne dos grandes imágenes bíblicas.
Cristo es el Cordero pascual cuya sangre libera al pueblo de la esclavitud.
Y es también la ofrenda perfecta que realiza plenamente aquello que los antiguos sacrificios solo podían anunciar.
Todo converge en Él.
Toda búsqueda humana de reconciliación.
Todo deseo de perdón.
Toda aspiración a la comunión con Dios.
Por eso la Eucaristía nos sitúa siempre ante una entrega. Antes de ser alimento para nosotros, es la ofrenda de Cristo al Padre. Antes de ser mesa, es sacrificio. Antes de ser banquete, es amor entregado.
Una misma fe ilumine y un mismo amor congregue
La Eucaristía nunca es un acontecimiento puramente individual.
Al acercarnos al altar no recibimos solamente una gracia personal. Somos incorporados más profundamente a la comunión de la Iglesia.
La misma fe ilumina.
El mismo amor congrega.
La misma mesa reúne.
En un mundo frecuentemente dividido por intereses, ideologías o enfrentamientos, la Eucaristía aparece como el gran sacramento de la unidad.
Todos recibimos el mismo Cuerpo de Cristo para convertirnos cada vez más en el Cuerpo de Cristo.
Por eso san Agustín podía decir a los recién bautizados: «Recibid lo que sois y sed lo que recibís».
La comunión no termina en el altar. Está llamada a prolongarse en la vida cotidiana.
Transformados según el modelo celestial
Quizá esta sea una de las expresiones más bellas de todo el prefacio.
La Eucaristía no solo nos alimenta.
Nos transforma.
La liturgia utiliza una imagen muy delicada: ser impregnados de la suavidad de la gracia divina.
Como la lluvia empapa lentamente la tierra.
Como el perfume penetra discretamente en una estancia.
Como la luz va iluminando poco a poco una habitación.
Así actúa la gracia sacramental.
La transformación cristiana no suele ser espectacular. Es profunda, paciente y silenciosa. Misa tras misa, comunión tras comunión, Cristo va configurando nuestro corazón con el suyo.
La finalidad última de la Eucaristía no es simplemente que recibamos algo de Cristo, sino que lleguemos a parecernos cada vez más a Él.
«Dios del Universo»
Llegamos ahora a la expresión que hoy queremos contemplar en el Santo.
Después de haber proclamado tres veces la santidad de Dios, la Iglesia añade: «Dios del Universo».
Esta expresión ensancha repentinamente nuestra mirada.
Con frecuencia vivimos encerrados en nuestros problemas inmediatos, nuestras preocupaciones o nuestros pequeños horizontes. La liturgia, en cambio, nos obliga a levantar los ojos.
El Dios al que adoramos no es únicamente el Dios de nuestra historia personal. Es el Señor de todo cuanto existe.
De las galaxias inmensas y de la más pequeña de las criaturas.
De los ángeles y de los hombres.
Del tiempo y de la eternidad.
De la creación visible y de los mundos invisibles.
Cuando pronunciamos estas palabras reconocemos que nada queda fuera de su señorío amoroso.
Pero la liturgia añade algo aún más sorprendente. Este Dios del Universo es el mismo que se nos entrega en la humildad del pan eucarístico.
Aquel a quien los cielos no pueden contener se hace presente sobre el altar.
Aquel cuya gloria llena la creación entera se deja recibir en nuestras manos y en nuestro corazón.
La paradoja es inmensa.
El Señor del Universo se hace alimento.
El Dios infinito se acerca hasta nosotros.
La majestad y la cercanía se encuentran.
La trascendencia y la intimidad se abrazan.
Quizá por eso esta expresión resulta especialmente apropiada en un prefacio eucarístico. Nos recuerda que cada vez que participamos en la Misa no entramos simplemente en una celebración local o particular. Somos introducidos en una realidad cósmica. Toda la creación está llamada a converger en Cristo y a convertirse en una inmensa alabanza al Padre.
La Eucaristía es ya el comienzo de esa reconciliación universal.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Señor Jesús,
Cordero inmolado por nuestra salvación,
haz que nunca me acostumbre al don de la Eucaristía.
Que tu Cuerpo me alimente.
Que tu amor me transforme.
Que tu gracia me configure contigo.
Y que al acercarme al altar recuerde siempre que el Pan que recibo es el mismo Señor del Universo que ha querido hacerse cercano para mi salvación.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos enseña que la Eucaristía es mucho más que un recuerdo del pasado.
Es el sacrificio de Cristo hecho presente.
Es alimento para el camino.
Es fuente de unidad para la Iglesia.
Es transformación interior para los creyentes.
Y es también una anticipación de la renovación de toda la creación.
Por eso, cuando cantamos «Santo es el Señor, Dios del Universo», confesamos que el mismo Dios que sostiene las estrellas ha querido permanecer con nosotros bajo las humildes especies del pan y del vino.
Y quizá ahí se encuentre uno de los mayores asombros de la fe cristiana: que el Señor del Universo haya querido convertirse en nuestro alimento.
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