94. Orar con la liturgia: Prefacio V dominical del Tiempo Ordinario
Orar con la liturgia: Prefacio V dominical del Tiempo Ordinario
Las maravillas de la creación
Las lecturas de este domingo nos introducen en una de las paradojas más hermosas del Evangelio. Jesús bendice al Padre porque ha revelado sus misterios a los sencillos y, a continuación, dirige a todos una invitación llena de ternura: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
En medio de nuestras preocupaciones y esfuerzos cotidianos, la liturgia nos invita a levantar la mirada. El prefacio de este domingo nos recuerda que habitamos un mundo nacido de la sabiduría y del amor de Dios. No vivimos en un universo abandonado al azar, sino en una creación que sigue hablando de su Creador.
Pero el prefacio da un paso más. No contempla la creación únicamente como una obra admirable. Nos enseña que el hombre ha sido creado para descubrir en ella un camino hacia la alabanza.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque creaste el universo entero
y estableciste el continuo retorno de las estaciones,
y al hombre, formado a tu imagen y semejanza,
sometiste las maravillas del mundo,
para que, en tu nombre,
dominara la creación
y, al contemplar tus grandezas,
en todo momento te alabara,
por Cristo, Señor nuestro.
Por eso, te alabamos con todos los ángeles,
aclamándote llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...
Creaste el universo entero
El prefacio comienza donde comienza también la historia de la salvación: en la creación.
Antes de hablar del pecado, de la redención o de la santidad, la liturgia nos recuerda una verdad fundamental: el mundo existe porque Dios lo ha querido.
Nada es fruto de la casualidad.
Nada existe por sí mismo.
Todo procede de una inteligencia amorosa que llama a las cosas a la existencia y las sostiene continuamente en el ser.
Por eso la mirada cristiana sobre el mundo está marcada por el asombro. El creyente aprende a descubrir la huella del Creador en la belleza de la naturaleza, en el orden del cosmos y en la fecundidad de la vida.
La creación no es Dios, pero habla de Dios.
Es como un gran icono que orienta nuestra mirada hacia Él.
El continuo retorno de las estaciones
Esta expresión posee una delicada profundidad espiritual.
La creación no es solamente un acontecimiento del pasado. Es una obra que continúa desarrollándose bajo la providencia divina.
Las estaciones se suceden.
Las semillas germinan.
Los frutos maduran.
La vida renace.
Dios sigue sosteniendo el universo con su sabiduría.
También nuestra existencia conoce estaciones diversas.
Hay tiempos de crecimiento y tiempos de espera.
Momentos de abundancia y momentos de aparente esterilidad.
Épocas de claridad y períodos de oscuridad.
El prefacio nos ayuda a reconocer que el mismo Dios que gobierna el ritmo de la creación acompaña también el ritmo de nuestra propia historia.
Formado a tu imagen y semejanza
En medio de la inmensidad del universo aparece el hombre.
No como un accidente insignificante, sino como una criatura singular.
El ser humano ha sido creado a imagen de Dios.
Por eso posee una dignidad que ninguna circunstancia puede destruir.
El hombre no es dueño absoluto de la creación ni tampoco un simple elemento más dentro de ella.
Es administrador de un don recibido.
Está llamado a custodiar, servir y conducir la creación hacia la alabanza.
La verdadera grandeza del hombre no consiste en dominar por egoísmo, sino en representar la sabiduría y la bondad del Creador.
Para que, al contemplar tus grandezas, te alabara
Aquí encontramos el corazón del prefacio.
La creación tiene una finalidad espiritual.
El mundo no ha sido dado únicamente para ser utilizado.
Ha sido dado para ser contemplado.
La contemplación cristiana no se detiene en las criaturas. A través de ellas llega hasta el Creador.
La belleza despierta la gratitud.
La gratitud conduce a la alabanza.
Y la alabanza devuelve todo a Dios.
Quizá uno de los empobrecimientos de nuestra cultura sea precisamente la pérdida de la capacidad de admiración. Vivimos rodeados de maravillas que apenas miramos.
El prefacio nos invita a recuperar una mirada contemplativa.
A detenernos.
A agradecer.
A reconocer que toda belleza auténtica es una invitación a elevar el corazón.
«Aclamándote llenos de alegría»
Después de contemplar la creación, la liturgia nos conduce a la alegría.
No dice simplemente que alabamos a Dios.
Dice que lo hacemos «llenos de alegría».
Esta expresión tiene una importancia especial.
La alegría cristiana no nace únicamente de las circunstancias favorables. Nace del reconocimiento de los dones recibidos.
Quien descubre que la vida es un regalo aprende a dar gracias.
Quien aprende a dar gracias descubre la alegría.
Por eso la alegría ocupa un lugar tan importante en la liturgia.
No es un sentimiento superficial ni una emoción pasajera. Es la respuesta de quien reconoce la presencia de Dios actuando en su historia.
Los ángeles alaban porque contemplan la gloria divina.
La Iglesia alaba porque ha conocido esa misma gloria manifestada en Cristo.
Y así, cuando llegamos al Santo, no estamos pronunciando una fórmula rutinaria. Estamos entrando en la alegría misma de la creación reconciliada que vuelve a su Creador.
La verdadera alegría litúrgica nace de saber que no estamos solos en el universo.
Todo procede de Dios.
Todo es sostenido por Dios.
Todo está llamado a regresar a Dios.
Y por eso podemos aclamarlo llenos de alegría.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Señor,
abre mis ojos para descubrir tus huellas en la creación.
Enséñame a contemplar con gratitud las maravillas que me rodean.
Que no me acostumbre a los dones que recibo cada día.
Y haz que mi alabanza nazca siempre de la alegría de saberme creado, amado y sostenido por ti.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos recuerda que la creación no es solamente el escenario donde vivimos.
Es un don que nos conduce hacia Dios.
El Padre nos ha dado el universo para que, contemplando sus maravillas, aprendamos a reconocer su amor.
Y cuando esta contemplación se convierte en gratitud, surge espontáneamente la alabanza.
Por eso la gran pregunta que deja este prefacio es sencilla:
¿Miro el mundo únicamente como algo que utilizo, o como una obra de Dios que me invita cada día a vivir y a cantar su alabanza lleno de alegría?
Comentarios
Publicar un comentario