97. Orar con la liturgia: Prefacio Común V
Orar con la liturgia: Prefacio Común V
Proclamación del misterio de Cristo
Las lecturas de este domingo están atravesadas por la lógica del tesoro. El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, a una perla de gran valor, a una riqueza tan extraordinaria que merece la pena venderlo todo para adquirirla.
La liturgia prolonga esta enseñanza llevándonos al centro mismo de ese tesoro: el misterio de Cristo. El prefacio que hoy contemplamos es breve, pero posee una extraordinaria densidad teológica. En pocas palabras resume toda la existencia cristiana y toda la vida de la Iglesia. Miramos hacia atrás para celebrar la muerte del Señor, contemplamos el presente iluminado por su resurrección y abrimos el corazón hacia el futuro esperando su retorno glorioso.
La Iglesia vive entre estos tres acontecimientos. Recuerda, proclama y espera. Y precisamente en ese movimiento descubre la riqueza inagotable del Reino.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Porque con amor celebramos su muerte,
con fe viva proclamamos su resurrección,
y con firme esperanza anhelamos su venida gloriosa.
Por eso, con los santos y todos los ángeles,
te alabamos, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Con amor celebramos su muerte
La primera palabra que sorprende es «amor».
La liturgia no dice simplemente que recordamos la muerte de Cristo. Tampoco afirma únicamente que la conmemoramos. Dice que la celebramos con amor.
La muerte de Jesús no es un acontecimiento trágico del pasado que observamos desde la distancia. Es la manifestación suprema de un amor que continúa alcanzándonos hoy.
Cada Eucaristía nos sitúa ante ese misterio. Contemplamos al Hijo que se entrega libremente por la salvación del mundo. La cruz aparece entonces no solo como instrumento de sufrimiento, sino como revelación del corazón mismo de Dios.
Por eso la Iglesia no se acerca a la Pasión con desesperación, sino con gratitud. En ella descubre el amor que ha transformado la muerte en camino de vida.
Con fe viva proclamamos su resurrección
La muerte de Cristo no tiene la última palabra.
La Iglesia proclama que el Crucificado vive.
Y lo proclama con una fe viva.
No se trata simplemente de aceptar una verdad doctrinal. La fe viva es una fe que transforma la existencia. Es la certeza de que Cristo está presente, actúa en su Iglesia, acompaña nuestra historia y continúa derramando su gracia sobre el mundo.
La resurrección no pertenece únicamente al pasado. Es una realidad que irrumpe continuamente en la vida de los creyentes.
Cada reconciliación.
Cada conversión.
Cada acto de caridad.
Cada victoria de la esperanza sobre el desánimo.
Todo ello manifiesta la fuerza de la Resurrección actuando ya en medio de nosotros.
Con firme esperanza anhelamos su venida gloriosa
El prefacio dirige finalmente nuestra mirada hacia el futuro.
La vida cristiana no vive encerrada en la nostalgia de lo que sucedió ni satisfecha con el presente. Vive orientada hacia una plenitud que todavía esperamos.
Cristo volverá.
La historia tendrá una consumación.
El Reino alcanzará su plenitud.
La creación entera será renovada.
Por eso la esperanza cristiana no es optimismo ni simple confianza humana. Es la certeza de que Dios llevará a término la obra que ha comenzado.
La Iglesia vive esperando.
Como la esposa que aguarda al esposo.
Como la tierra que espera la lluvia.
Como el corazón que sabe que la promesa de Dios nunca defrauda.
Una síntesis de toda la vida cristiana
Resulta llamativo que este prefacio resuma toda la existencia cristiana en tres actitudes fundamentales.
Amor.
Fe.
Esperanza.
Con amor celebramos la muerte del Señor.
Con fe proclamamos su resurrección.
Con esperanza aguardamos su retorno glorioso.
Estas tres virtudes teologales no son realidades separadas. Constituyen la respiración misma de la Iglesia. Toda auténtica vida espiritual se desarrolla dentro de este movimiento.
Miramos hacia la cruz con amor.
Miramos al Resucitado con fe.
Miramos hacia el Reino con esperanza.
El tercer «Santo»
En las últimas entradas nos hemos detenido en el primer y en el segundo «Santo». Hoy llegamos al tercero.
Si el primer «Santo» nos introducía en el asombro ante la trascendencia divina y el segundo nos recordaba que el misterio de Dios nunca puede agotarse, el tercero nos conduce a la plenitud.
La tradición cristiana ha visto con frecuencia en esta triple aclamación una resonancia del misterio trinitario. La Iglesia no canta tres veces porque existan tres dioses. Canta tres veces porque el único Dios ha querido revelarse como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Cada repetición ensancha la contemplación.
El Padre, fuente de toda vida.
El Hijo, Palabra eterna hecha carne para nuestra salvación.
El Espíritu Santo, amor derramado en nuestros corazones.
El tercer «Santo» nos recuerda que el misterio de Dios es comunión. En el centro último de la realidad no encontramos soledad ni aislamiento, sino una eterna circulación de amor.
Por eso la salvación no consiste simplemente en ser perdonados o liberados del pecado. Consiste en ser introducidos en la vida misma de Dios.
La liturgia nos prepara para entrar en el corazón de la Plegaria Eucarística precisamente proclamando esta santidad trinitaria. Antes de acercarnos al sacrificio de Cristo, levantamos la mirada hacia el misterio del Dios vivo que nos atrae hacia sí.
Y así, el tercer «Santo» adquiere un matiz profundamente escatológico. Es como una anticipación del cielo. La Iglesia peregrina canta ya aquello que un día contemplará cara a cara.
No es casualidad que el prefacio haya hablado de la venida gloriosa de Cristo y termine inmediatamente conduciéndonos al Santo. La esperanza cristiana culmina siempre en la adoración.
Esperamos para contemplar.
Contemplamos para alabar.
Y alabamos porque hemos sido llamados a participar de la comunión eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Señor Jesús,
haz que nunca me acostumbre al misterio de tu Pascua.
Que contemple tu cruz con amor.
Que proclame tu resurrección con una fe viva.
Que espere tu venida con una esperanza firme.
Y que mi voz se una ya en la tierra al canto eterno que resuena en el cielo:
Santo, Santo, Santo.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos enseña que toda la vida cristiana se desarrolla entre la memoria, la presencia y la esperanza.
Celebramos la muerte del Señor.
Proclamamos su resurrección.
Esperamos su retorno glorioso.
Y mientras caminamos hacia ese encuentro definitivo, la Iglesia nos pone en los labios la misma alabanza de los ángeles y de los santos.
El tercer «Santo» nos recuerda que el destino último del hombre no es simplemente sobrevivir, sino entrar en la comunión eterna del Dios tres veces santo.
Porque el verdadero tesoro escondido, la perla preciosa por la que merece la pena entregarlo todo, es Dios mismo.
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