95. Orar con la liturgia: Prefacio Diversas circunstancias III

 

Orar con la liturgia: Prefacio Diversas circunstancias III

Las lecturas de este domingo están atravesadas por una misma certeza: la Palabra de Dios nunca vuelve vacía. Como la lluvia que empapa la tierra y la hace germinar, así la Palabra sale de la boca de Dios y realiza aquello para lo que ha sido enviada.

El prefacio que la liturgia nos propone prolonga esta misma contemplación. Nos recuerda que el Padre creó el mundo por medio de su Palabra y que esa Palabra eterna se hizo carne en Jesucristo para hablarnos, guiarnos y conducirnos hasta Él.

En el Evangelio, Jesús aparece como el sembrador que esparce generosamente la semilla. En el prefacio aparece como el mediador enviado por el Padre, el camino que nos conduce a la comunión con Dios. Ambos textos se iluminan mutuamente: la Palabra sembrada en nuestros corazones es, en realidad, Cristo mismo que sale a nuestro encuentro.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Padre santo, Señor del cielo y de la tierra,
por Cristo, Señor nuestro.

Porque creaste el mundo por medio de tu Palabra
y lo gobiernas todo con justicia.
Nos diste como mediador a tu Hijo, hecho carne,
que nos comunicó tus palabras
y nos llamó para que le siguiéramos;
él es el camino que nos conduce a ti,
la verdad que nos hace libres,
la vida que nos colma de alegría.

Por medio de tu Hijo
reúnes en una sola familia a los hombres,
creados para gloria de tu nombre,
redimidos por su sangre en la cruz
y marcados con el sello del Espíritu.

Por eso, ahora y siempre,
con todos los ángeles proclamamos tu gloria,
aclamándote llenos de alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo...

Creaste el mundo por medio de tu Palabra

El prefacio comienza remontándose al origen de todo.

Antes de que existiera el mundo, estaba la Palabra.

Todo fue creado por ella.

La creación no es fruto de una fuerza ciega ni de una casualidad sin sentido. El universo nace de una Palabra inteligente y amorosa.

Por eso el mundo puede ser comprendido, contemplado y amado.

Y por eso mismo la historia de la salvación consiste en un diálogo constante entre Dios y la humanidad.

El Dios que creó por su Palabra es también el Dios que sigue hablando.

Nos diste como mediador a tu Hijo

La Palabra creadora se hizo carne.

Lo que el hombre no podía alcanzar por sí mismo, Dios vino a realizarlo desde dentro de nuestra propia condición humana.

Cristo no solo comunica un mensaje.

Él mismo es el mensaje.

No solo enseña el camino.

Él es el camino.

No solo anuncia la verdad.

Él es la verdad.

No solo promete la vida.

Él es la vida.

Toda la existencia cristiana consiste en aprender a seguir a una Persona.

La fe no es principalmente una doctrina, sino una relación viva con Cristo.

La verdad que nos hace libres

Vivimos rodeados de voces que intentan definir quiénes somos y qué debemos buscar.

Sin embargo, la libertad auténtica no nace de hacer cualquier cosa ni de seguir cualquier deseo.

La libertad nace de la verdad.

Cristo nos revela quién es Dios.

Pero también nos revela quién es el hombre.

Nos enseña que hemos sido creados para el amor, para la comunión y para la vida eterna.

Solo cuando vivimos desde esta verdad comenzamos a experimentar una libertad verdadera.

Reúnes en una sola familia a los hombres

El prefacio vuelve una vez más sobre un tema muy querido por la liturgia: la unidad.

El pecado dispersa.

Cristo reúne.

La sangre derramada en la cruz no solo reconcilia al hombre con Dios.

También reconstruye la fraternidad entre los hombres.

La Iglesia aparece así como una familia convocada por Dios.

No una asociación basada en afinidades humanas, sino una comunión nacida del Bautismo y alimentada por la Eucaristía.

Todos hemos sido creados para la gloria de Dios.

Todos hemos sido redimidos por la misma sangre.

Todos hemos recibido el mismo Espíritu.

«Santo»

Después de haber contemplado la obra de la creación, la encarnación del Hijo y la reunión de la humanidad en una sola familia, la liturgia nos conduce al primer gran grito del Sanctus:

Santo.

Es una palabra breve.

Quizá precisamente por eso corre el riesgo de pasar desapercibida.

Sin embargo, toda la tradición bíblica y litúrgica la considera una de las palabras más importantes que el ser humano puede pronunciar ante Dios.

Cuando Isaías contempla al Señor en el templo, escucha a los serafines cantar: «Santo, santo, santo» (Is 6,3).

Cuando san Juan contempla la liturgia celestial en el Apocalipsis, vuelve a escuchar el mismo canto.

La Iglesia lo recoge y lo pone en nuestros labios justo antes de entrar en el corazón de la Plegaria Eucarística.

¿Qué significa decir que Dios es santo?

No significa solamente que es bueno o perfecto.

Significa que es totalmente Dios.

Que es infinitamente mayor que todo lo que podemos imaginar.

Que supera toda medida humana.

Que ninguna criatura puede poseerlo ni abarcarlo.

Pero, al mismo tiempo, la santidad de Dios no nos aleja.

En Jesucristo se ha acercado a nosotros.

El Dios tres veces santo ha querido compartir nuestra condición humana para hacernos partícipes de su propia vida.

Por eso, cuando pronunciamos este primer «Santo», no estamos haciendo una definición teológica.

Estamos entrando en el asombro.

Reconocemos que Dios es siempre más grande.

Más verdadero.

Más hermoso.

Más santo.

Y precisamente por eso merece toda nuestra adoración.

Cada vez que cantamos el Santo, la Iglesia nos enseña a recuperar esta capacidad de asombro ante el misterio de Dios.

Orar el prefacio

Puede ayudarnos rezarlo así:

Señor Jesús,

Palabra eterna del Padre,

haz que tu voz encuentre en mí una tierra buena.

Condúceme por el camino que lleva al Padre.

Hazme permanecer en tu verdad para vivir en libertad.

Y enséñame a entrar con humildad y asombro en el misterio del Dios tres veces santo.

Clave mistagógica final

Este prefacio nos recuerda que toda la historia de la salvación nace de una Palabra y conduce hacia una alabanza.

El Padre creó el mundo por medio de su Palabra.

Nos habló por medio de su Hijo.

Nos reunió en una sola familia por la cruz y el Espíritu.

Y ahora nos invita a unir nuestra voz a la liturgia celestial.

Por eso la gran pregunta que deja este prefacio es sencilla:

¿He dejado que la Palabra sembrada por Cristo transforme mi corazón hasta llevarme al asombro y a la adoración del Dios tres veces santo?

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