99. Orar con la liturgia: Prefacio Común I

 

Orar con la liturgia: Prefacio Común I

El universo restaurado en Cristo

Las lecturas de este domingo nos hablan de la presencia de Dios. El profeta Elías no encuentra al Señor en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave. San Pablo expresa su dolor por la incredulidad de una parte de Israel. Y el Evangelio nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y tendiendo la mano a Pedro en medio de la tormenta.

En todas ellas aparece una misma enseñanza: Dios está presente y actúa incluso cuando no lo percibimos claramente. Su poder no se manifiesta siempre de manera espectacular. Con frecuencia actúa silenciosamente, sosteniendo la historia y conduciéndola hacia su plenitud.

El prefacio que hoy contemplamos amplía enormemente esta perspectiva. Nos invita a mirar la obra de Cristo no solo en nuestra vida personal, ni siquiera únicamente en la Iglesia, sino en el conjunto del universo. La redención no afecta solamente al hombre. En Cristo, Dios está reconciliando todas las cosas.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

A quien hiciste fundamento de todo
y de cuya plenitud quisiste que participáramos todos.

Siendo él de condición divina,
se despojó de su rango,
y por su sangre derramada en la cruz
puso en paz el universo;
y así, exaltado sobre todo cuanto existe,
es fuente de salvación eterna
para cuantos creen en él.

Por eso,
con los ángeles y arcángeles,
tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Fundamento de todo

El prefacio comienza con una afirmación que nos sitúa en el corazón de la fe cristiana.

Cristo no aparece solamente al final de la historia para remediar un problema surgido por el pecado. Él es el fundamento mismo de toda la creación.

Todo ha sido creado por Él y para Él.

La existencia entera encuentra en Cristo su origen, su consistencia y su finalidad.

A veces reducimos la figura de Jesús al ámbito de la religión o de la vida espiritual. Sin embargo, la liturgia nos invita a una mirada mucho más amplia. Cristo es el centro de la realidad. Todo encuentra en Él su sentido más profundo.

Por eso la vida cristiana no consiste en añadir a nuestra existencia algunos elementos religiosos. Consiste en descubrir el fundamento último sobre el que ya descansa todo cuanto existe.

De cuya plenitud quisiste que participáramos todos

La salvación no es únicamente perdón.

Es participación.

El Padre quiere que compartamos la vida misma de su Hijo.

Esta expresión recuerda aquellas palabras del Evangelio de san Juan: «De su plenitud todos hemos recibido».

Cristo no guarda para sí los dones que posee. Todo lo que recibe del Padre lo comunica a la humanidad.

La gracia.

La filiación.

La vida eterna.

La comunión con Dios.

La gloria.

La existencia cristiana consiste precisamente en ir entrando poco a poco en esta participación. No caminamos hacia una realidad extraña. Caminamos hacia una plenitud que ya ha comenzado a ser comunicada a nuestras vidas.

Se despojó de su rango

El prefacio recoge aquí el gran himno cristológico de la carta a los Filipenses.

Aquel que era de condición divina descendió hasta nuestra pobreza.

No renunció a ser Dios, pero asumió plenamente nuestra condición humana.

Entró en la fragilidad.

Aceptó el sufrimiento.

Compartió nuestra existencia.

Se hizo obediente hasta la muerte.

La liturgia contempla con admiración este movimiento de descenso. El Señor del universo se abaja para levantar al hombre. El que posee toda riqueza acepta la pobreza para enriquecernos con su gracia.

Toda auténtica espiritualidad cristiana nace de la contemplación de esta humildad de Dios.

Puso en paz el universo

Esta expresión es una de las más sorprendentes de todo el prefacio.

No dice simplemente que Cristo reconcilió al hombre con Dios.

Afirma que puso en paz el universo.

La cruz posee una dimensión cósmica.

El pecado había introducido una ruptura profunda en la creación. La armonía querida por Dios había quedado herida. La humanidad estaba dividida interiormente, enfrentada con los demás y alejada de su Creador.

Cristo viene a restaurar esa unidad perdida.

Su sangre derramada no solo salva almas individuales. Inaugura una creación nueva.

La paz que nace de la cruz es mucho más profunda que la ausencia de conflictos. Es la reconciliación de todas las cosas en Dios.

Por eso la historia no camina hacia el caos ni hacia la destrucción definitiva. Camina hacia una plenitud que ya ha comenzado en Cristo resucitado.

Fuente de salvación eterna

Después del descenso llega la exaltación.

Cristo resucitado es constituido Señor sobre todo cuanto existe.

No reina desde la distancia.

Es fuente.

De Él brota la vida.

De Él procede la gracia.

De Él nace la esperanza.

Todo lo que la Iglesia recibe viene de esta fuente inagotable.

Por eso la fe cristiana no es principalmente un esfuerzo humano por alcanzar a Dios. Es la acogida de una salvación que mana continuamente del Corazón glorificado de Cristo.

«Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria»

Tras haber proclamado tres veces la santidad de Dios y haber confesado que Él es el Señor del universo, la liturgia añade esta afirmación luminosa:

«Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria».

No dice que estarán llenos.

No dice que algún día lo estarán.

Dice que lo están ya.

La gloria de Dios llena toda la creación.

El problema no es su ausencia.

Es nuestra dificultad para percibirla.

Los cielos proclaman su gloria.

La belleza de la creación la refleja.

La historia de la salvación la manifiesta.

La santidad de los creyentes la transparenta.

Y, de manera suprema, Cristo revela la gloria del Padre.

La Biblia utiliza la palabra gloria para expresar la presencia viva de Dios. Allí donde Dios se manifiesta, allí resplandece su gloria.

Sin embargo, esta gloria posee una característica sorprendente. No siempre aparece donde los hombres la buscarían.

Elías la descubre en la brisa suave.

Pedro la encuentra en medio de la tormenta.

Los discípulos la contemplan en el Crucificado.

Los santos la reconocen en lo cotidiano.

Por eso la liturgia nos educa la mirada. Nos enseña a descubrir que el mundo no es un espacio vacío de Dios. Está lleno de su presencia.

Incluso cuando la historia parece oscurecerse.

Incluso cuando la fe atraviesa momentos de prueba.

Incluso cuando no comprendemos los caminos de Dios.

Su gloria sigue sosteniendo el universo.

Más aún: la Eucaristía nos permite anticipar la plenitud de esta revelación. En cada Misa se rasga discretamente el velo que separa el cielo y la tierra. La gloria que llena el universo entero se hace misteriosamente presente sobre el altar.

Por eso la Iglesia canta estas palabras con alegría y con esperanza. Lo que ahora contemplamos en la fe un día lo veremos cara a cara.

Toda la creación será transfigurada.

Todo aparecerá iluminado por la presencia de Dios.

Y entonces comprenderemos plenamente que el cielo y la tierra estaban realmente llenos de su gloria.

Orar el prefacio

Puede ayudarnos rezarlo así:

Señor Jesús,

fundamento de todo cuanto existe,

hazme vivir arraigado en ti.

Que aprenda a descubrir tu presencia en los acontecimientos ordinarios de cada día.

Abre mis ojos para reconocer los signos de tu gloria.

Y cuando atraviese momentos de oscuridad o de incertidumbre, recuérdame que tu amor sigue sosteniendo el universo y conduciendo la historia hacia su plenitud.

Clave mistagógica final

Este prefacio nos invita a ampliar nuestra mirada.

Cristo no ha venido solamente a transformar algunos aspectos de nuestra vida. Él es el fundamento de toda la creación, el reconciliador del universo y la fuente de toda salvación.

Por eso, cuando cantamos que «llenos están el cielo y la tierra de tu gloria», confesamos que la presencia de Dios envuelve toda la realidad.

La gran pregunta que deja este prefacio es sencilla:

¿Vivo como si habitara un mundo vacío de Dios o como quien sabe que toda la creación está sostenida y penetrada por su gloria?

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