100. Orar con la liturgia: Prefscio Misa diversas circunstancias I
Orar con la liturgia: Prefscio Misa diversas circunstancias I
XX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Las lecturas de este domingo nos sitúan ante una de las grandes sorpresas del Evangelio: la universalidad de la salvación. Isaías anuncia que los extranjeros serán conducidos al monte santo de Dios. San Pablo contempla con asombro el designio divino que quiere extender su misericordia a todos. Y Jesús, después del encuentro con la mujer cananea, muestra que la fe puede florecer allí donde aparentemente nadie la esperaba.
La liturgia nos invita así a contemplar un horizonte inmenso. Dios no reúne un pequeño grupo privilegiado. Su deseo es congregar a toda la humanidad. El corazón del Padre es más amplio que nuestras fronteras, más grande que nuestras categorías y más generoso que nuestros cálculos.
Precisamente este es el misterio que desarrolla el prefacio que hoy contemplamos. La Iglesia aparece como la gran obra de Dios en la historia: una humanidad nueva convocada desde todos los pueblos para convertirse en signo e instrumento de unidad.
Prefacio
En verdad es justo y necesario darte gracias
y cantarte un himno de gloria y de alabanza,
Señor, Padre de infinita bondad.
Porque has reunido por medio del Evangelio de tu Hijo
a hombres de todo pueblo, lengua y nación,
en una única Iglesia,
y por ella, vivificada por la fuerza de tu Espíritu,
no dejas de congregar a todos los hombres en la unidad.
Ella manifiesta la alianza de tu amor,
ofrece incesantemente la gozosa esperanza del reino,
y resplandece como signo de tu fidelidad
que nos prometiste para siempre
en Jesucristo, Señor nuestro.
Por eso, con todas las potestades del cielo
y con toda la Iglesia, te aclamamos en la tierra sin cesar,
diciendo a una sola voz:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...
Reunidos por medio del Evangelio
La primera afirmación del prefacio es profundamente consoladora.
La Iglesia no nace de un proyecto humano. No es el resultado de afinidades culturales, intereses comunes o decisiones organizativas. Su origen está en el Evangelio.
Es la Palabra de Cristo la que convoca.
Es su voz la que llama.
Es su gracia la que reúne.
Por eso la Iglesia siempre vive de una iniciativa que la precede. Antes de que nosotros llegáramos, Dios ya estaba actuando. Antes de que respondiéramos, Él ya nos había llamado.
Cada comunidad cristiana, cada parroquia, cada familia creyente es fruto de esta convocatoria permanente que brota del corazón de Cristo.
De todo pueblo, lengua y nación
El prefacio insiste en la universalidad de esta llamada.
La Iglesia no pertenece a una cultura concreta ni a una época determinada. Nace en un lugar y en un momento de la historia, pero está destinada a abrazar a todos los pueblos.
Esta universalidad no elimina las diferencias. No uniforma a las personas. No borra las riquezas propias de cada cultura.
La unidad cristiana no consiste en que todos sean iguales.
Consiste en que todos encuentren su comunión en Cristo.
Por eso la Iglesia es uno de los signos más sorprendentes de la acción de Dios en la historia. Personas distintas, procedentes de lugares diversos, unidas por una misma fe, un mismo Bautismo y una misma esperanza.
No dejas de congregar a todos los hombres en la unidad
Hay un verbo especialmente importante en este prefacio: congregar.
No se trata de algo que ocurrió únicamente en el pasado.
Dios sigue congregando.
Sigue llamando.
Sigue reuniendo.
Sigue buscando.
La Iglesia no es una obra terminada. Es una realidad en camino.
Mientras exista un solo hombre que no conozca el amor de Dios, la misión continúa. Mientras haya divisiones, heridas o distancias, el Espíritu sigue trabajando silenciosamente para conducir todas las cosas hacia la unidad querida por el Padre.
Esta perspectiva nos ayuda también a contemplar nuestras comunidades con esperanza. A veces vemos limitaciones, conflictos o fragilidades. Sin embargo, el verdadero protagonista sigue siendo el Espíritu Santo, que nunca abandona la obra comenzada por Cristo.
Signo de la fidelidad de Dios
El prefacio contempla la Iglesia como signo de algo más grande que ella misma.
Su misión consiste en manifestar la alianza de amor de Dios.
La Iglesia existe para señalar a Cristo.
Existe para mostrar que Dios permanece fiel.
Existe para anunciar que la promesa continúa vigente.
Por eso la santidad de la Iglesia no nace principalmente de las cualidades de sus miembros, sino de la fidelidad de Aquel que la sostiene.
Cuando contemplamos la larga historia del pueblo cristiano, con sus luces y sombras, descubrimos precisamente este milagro: Dios nunca deja de cumplir sus promesas.
Con toda la Iglesia y con las potestades del cielo
Al acercarnos al Santo, el prefacio vuelve a ampliar nuestra mirada.
No cantamos solos.
Toda la Iglesia participa en esta alabanza.
La Iglesia peregrina que camina en la tierra.
La Iglesia purificada que espera la plenitud.
La Iglesia gloriosa que contempla ya el rostro de Dios.
Todas forman una única comunión.
Y junto a ella aparecen también las potestades del cielo, los ángeles que contemplan continuamente la gloria divina.
La liturgia nos introduce así en una realidad mucho más grande que nuestra experiencia inmediata. Durante unos momentos, la frontera entre el cielo y la tierra parece hacerse más transparente.
«Hosanna en el cielo»
Después de proclamar la santidad de Dios y de reconocer que el cielo y la tierra están llenos de su gloria, la Iglesia canta:
«Hosanna en el cielo».
Es una expresión que repetimos con frecuencia, pero que quizá no siempre comprendemos en toda su riqueza.
La palabra Hosanna nació como una súplica. Significaba: «¡Sálvanos, te rogamos!». Era el grito de un pueblo que esperaba la intervención de Dios.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esta súplica fue convirtiéndose también en una aclamación de alegría y de alabanza. Cuando Jesús entra en Jerusalén el Domingo de Ramos, la multitud lo recibe precisamente con este grito: «¡Hosanna!».
En la liturgia ambos significados permanecen unidos.
Por una parte, seguimos siendo un pueblo necesitado de salvación. Todavía caminamos entre fragilidades, luchas y esperanzas. Nuestro corazón continúa clamando: «Señor, sálvanos».
Pero al mismo tiempo sabemos que esa salvación ya ha comenzado en Cristo. Por eso el Hosanna es también un canto de victoria y de confianza.
La expresión añade además una dimensión sorprendente: «en el cielo».
No decimos simplemente «Hosanna».
Decimos «Hosanna en el cielo».
Es como si nuestra súplica y nuestra alabanza fueran asumidas por la liturgia celestial. Lo que brota de nuestra pobreza es elevado hasta el trono de Dios. La oración de la Iglesia terrestre se une al canto eterno de los ángeles.
Hay aquí una enseñanza profundamente consoladora.
Nuestras oraciones muchas veces parecen débiles.
Nuestra fe parece pequeña.
Nuestra voz puede resultar frágil.
Y, sin embargo, la liturgia nos asegura que nada de esto queda encerrado en la tierra. Todo es acogido y elevado por Cristo.
Cada vez que cantamos «Hosanna en el cielo», confesamos que nuestra esperanza tiene ya un lugar en el corazón de Dios.
Y también anticipamos el destino último de la Iglesia. La humanidad reunida de todos los pueblos, lenguas y naciones llegará un día a la plena comunión del Reino y participará para siempre de la alabanza celestial.
El Hosanna es, por tanto, una súplica, una acción de gracias y una esperanza.
Es el canto de quienes todavía peregrinan, pero saben hacia dónde caminan.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Padre de infinita bondad,
gracias porque me has llamado a formar parte de tu Iglesia.
Hazme vivir con un corazón abierto a todos.
Enséñame a trabajar por la unidad.
Que nunca olvide que tu Espíritu sigue reuniendo a los hombres en torno a Cristo.
Y que mi voz se una cada día al canto de la Iglesia y de los ángeles:
Hosanna en el cielo.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos recuerda que la Iglesia nace del Evangelio y vive impulsada por el Espíritu Santo para congregar a todos los hombres en la unidad.
No es una realidad cerrada sobre sí misma. Es un signo vivo de la fidelidad de Dios y de la esperanza del Reino.
Por eso, cuando cantamos «Hosanna en el cielo», expresamos algo muy profundo: nuestra súplica se convierte en alabanza y nuestra esperanza se une al canto eterno del cielo.
La Iglesia camina todavía por la historia, pero ya comienza a participar de la liturgia que un día celebrará para siempre en la presencia de Dios.
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