102. Orar con la liturgia: Prefacio Común II

Orar con la liturgia: Prefacio Común II

XXII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

La salvación por Cristo

Las lecturas de este domingo nos conducen al corazón de la existencia cristiana. Jeremías experimenta el fuego interior de una llamada que no puede silenciar. San Pablo invita a ofrecer la propia vida como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Y Jesús anuncia a sus discípulos el camino de la cruz, recordando que quien quiera salvar su vida deberá perderla por Él.

No son textos fáciles. Todos ellos nos sitúan ante la lógica paradójica del Evangelio: la vida se encuentra entregándola, la plenitud nace del don de sí mismo y la salvación llega por caminos que muchas veces no coinciden con nuestros cálculos.

El prefacio que hoy contemplamos nos ayuda a comprender el fundamento de esta paradoja. Antes de hablar de nuestra respuesta, nos recuerda lo que Dios ha hecho por nosotros. Toda la historia de la salvación puede resumirse en dos movimientos: Dios crea por amor y Dios redime por misericordia.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
que por amor creaste al hombre,
y, aunque condenado justamente,
con tu misericordia lo redimiste,
por Cristo, Señor nuestro.

Por él,
los ángeles alaban tu gloria,
te adoran las dominaciones y tiemblan las potestades,
los cielos, sus virtudes y los santos serafines
te celebran unidos en común alegría.

Permítenos asociarnos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...

Por amor creaste al hombre

Todo comienza con una afirmación sencilla y luminosa.

Dios creó al hombre por amor.

No por necesidad.

No por obligación.

No para completar algo que le faltara.

La creación brota de la sobreabundancia de su bondad.

La existencia humana no es fruto del azar ni de una casualidad cósmica. Cada persona ha sido querida por Dios desde toda la eternidad. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier respuesta, antes incluso de nuestra existencia, está el amor creador del Padre.

La liturgia nos invita a volver una y otra vez a esta verdad fundamental. Nuestra identidad más profunda no nace de nuestros logros ni de nuestras capacidades. Nace del amor con el que hemos sido creados.

Aunque condenado justamente

El prefacio introduce después una nota de realismo.

La historia humana no ha permanecido fiel al designio original de Dios.

El pecado ha herido la relación con el Creador, con los demás y con nosotros mismos. La humanidad no solo ha sido creada; también ha experimentado el drama de alejarse de la fuente de la vida.

La liturgia no minimiza esta realidad.

Habla de una condena justa.

Reconoce la gravedad del pecado.

Reconoce que el hombre no puede salvarse por sus propias fuerzas.

Pero precisamente aquí comienza a resplandecer la misericordia divina.

Con tu misericordia lo redimiste

El pecado no tiene la última palabra.

La última palabra pertenece siempre al amor de Dios.

La misericordia aparece aquí como la respuesta divina a la miseria humana. No como una simple indulgencia ni como una tolerancia pasiva, sino como una fuerza capaz de recrear lo que estaba perdido.

La redención es mucho más que un perdón jurídico. Es una restauración de la comunión.

Dios no se limita a cancelar una deuda. Sale al encuentro del hombre para devolverle la vida.

Y todo esto sucede «por Cristo, Señor nuestro».

Toda la historia de la salvación converge en Él.

En su encarnación.

En su cruz.

En su resurrección.

En su entrega total al Padre.

La liturgia del cielo

A continuación, el prefacio levanta nuestra mirada.

Los ángeles.

Las dominaciones.

Las potestades.

Los serafines.

Toda la creación celestial aparece unida en una única alabanza.

La liturgia quiere que comprendamos que nuestra celebración no es un acto aislado. Cuando participamos en la Eucaristía somos incorporados a una corriente de adoración que atraviesa el cielo y la tierra.

Los ángeles contemplan aquello que nosotros creemos.

Ellos ven cara a cara la gloria divina.

Nosotros avanzamos todavía en la fe.

Sin embargo, la Iglesia pide humildemente poder asociarse a sus voces.

La Misa es precisamente ese lugar donde la alabanza terrestre se une misteriosamente a la liturgia celestial.

Cantando humildemente tu alabanza

La palabra «humildemente» merece una breve atención.

No nos unimos al canto de los ángeles porque poseamos la misma pureza o la misma perfección.

Nos unimos como pecadores redimidos.

Como hombres y mujeres alcanzados por la misericordia.

Como criaturas que han sido salvadas gratuitamente.

La humildad es la actitud propia de quien ha comprendido que todo es gracia.

Por eso la Iglesia canta con alegría, pero también con profundo agradecimiento.

El segundo «Hosanna en el cielo»

En la entrada anterior contemplábamos el primer «Hosanna en el cielo» como una súplica convertida en alabanza. Hoy podemos detenernos en el segundo, que cierra el Sanctus y nos prepara para entrar en el corazón de la Plegaria Eucarística.

Resulta significativo que la liturgia repita esta expresión.

Después de proclamar la santidad de Dios.

Después de bendecir a Aquel que viene en nombre del Señor.

Vuelve a resonar el mismo clamor:

«Hosanna en el cielo».

La repetición tiene aquí un profundo sentido espiritual.

El primer Hosanna brota de la esperanza.

El segundo parece surgir del agradecimiento.

Como si la Iglesia, después de reconocer la venida de Cristo, no pudiera hacer otra cosa que volver a aclamarlo.

Hay algo muy humano en esta repetición. Cuando una alegría es verdadera, una sola palabra no basta. El corazón vuelve sobre ella una y otra vez. La liturgia expresa así la intensidad de la alabanza.

Pero existe también una dimensión más profunda.

El segundo Hosanna nos recuerda que la salvación no es únicamente una realidad pasada ni una promesa futura. Es una presencia actual.

Cristo ha venido.

Cristo viene.

Cristo vendrá.

Y la Iglesia responde continuamente con el mismo canto de acogida.

Además, este segundo Hosanna posee un tono claramente escatológico. Después de haber proclamado la venida del Señor, la comunidad cristiana sigue esperando su manifestación plena. La historia todavía no ha alcanzado su cumplimiento. El Reino está presente, pero no consumado.

Por eso el Hosanna permanece abierto.

Es un canto que nace de la posesión y del deseo.

De la presencia y de la espera.

De la alegría recibida y de la plenitud anhelada.

En cierto modo, toda la vida cristiana puede resumirse en este movimiento. Hemos encontrado a Cristo, pero seguimos buscándolo. Hemos recibido su gracia, pero seguimos esperando la plenitud del Reino. Participamos ya de la salvación, pero aguardamos su manifestación definitiva.

El segundo Hosanna mantiene vivo este dinamismo de la esperanza.

Es el canto de una Iglesia que ya conoce al Señor y, precisamente por eso, desea aún más su venida.

Orar el prefacio

Puede ayudarnos rezarlo así:

Padre santo,

gracias porque me creaste por amor.

Gracias porque tu misericordia ha sido más grande que mi pecado.

Hazme vivir siempre como quien ha sido rescatado por Cristo.

Que nunca me acostumbre a tu gracia.

Y que toda mi vida se convierta en un humilde Hosanna que te bendiga y te espere.

Clave mistagógica final

Este prefacio nos recuerda que toda la historia humana está sostenida entre dos palabras: creación y redención.

Hemos sido creados por amor.

Hemos sido salvados por misericordia.

Por eso la Iglesia puede unirse al canto de los ángeles y proclamar la santidad de Dios con alegría.

Y cuando el Sanctus concluye con el segundo «Hosanna en el cielo», descubrimos que la esperanza cristiana no se agota nunca. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo sigue deseando su presencia con un anhelo cada vez más grande.

Porque la salvación ya ha comenzado, pero el corazón humano sigue esperando el día en que el Señor será todo en todos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sermon de la Soledad 2026

La revolución del silencio - Jacques Philippe

Ferias mayores de adviento, Ero Cras