101. Orar con la liturgia: Prefacio Misa diversas circunstancias II
Orar con la liturgia: Prefacio Misa diversas circunstancias II
XXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Las lecturas de este domingo giran en torno a una pregunta decisiva: ¿quién es Jesús? En Cesarea de Filipo, Pedro responde en nombre de los discípulos: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Sobre esa confesión de fe Cristo edifica su Iglesia y le confía las llaves del Reino.
La liturgia nos invita a contemplar hoy precisamente ese misterio. La Iglesia no es una realidad abandonada a sus propias fuerzas ni una institución que avance únicamente gracias a la capacidad de sus miembros. Es el pueblo de Dios peregrino en la historia, sostenido constantemente por la providencia del Padre y guiado por la fuerza del Espíritu Santo.
El prefacio que hoy meditamos está atravesado por esta certeza serena: Dios conduce a su Iglesia. Lo hizo con Israel en el desierto y continúa haciéndolo hoy. La historia de la salvación no es la historia de una humanidad que busca a tientas su camino, sino la historia de un Dios que acompaña, sostiene y conduce a su pueblo hacia la plenitud de su Reino.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
creador del mundo y fuente de toda vida:
Porque no abandonas nunca la obra de tu sabiduría,
sino que obras con tu providencia en medio de nosotros.
Guiaste a tu pueblo Israel por el desierto
con mano poderosa y brazo extendido;
ahora acompañas a tu Iglesia, peregrina en el mundo,
con la fuerza constante del Espíritu Santo
y la conduces por el camino de la vida temporal
hacia el gozo eterno de tu reino,
por Cristo, Señor nuestro.
Por eso, también nosotros, con los ángeles y los santos,
cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...
No abandonas nunca la obra de tu sabiduría
El prefacio comienza con una afirmación llena de consuelo.
Dios no abandona.
La historia humana puede parecer a veces confusa. También la vida personal atraviesa momentos en los que cuesta reconocer la presencia del Señor. Sin embargo, la liturgia nos recuerda que Dios permanece fiel.
No creó el mundo para dejarlo después a la deriva.
No llamó a su pueblo para olvidarlo.
No entregó a su Hijo para desentenderse de la humanidad.
La providencia divina no es una intervención ocasional. Es el cuidado constante con el que Dios sostiene cuanto existe y conduce todas las cosas hacia su cumplimiento.
Esta certeza atraviesa toda la Escritura y constituye uno de los grandes fundamentos de la esperanza cristiana.
Guiaste a tu pueblo Israel por el desierto
La liturgia vuelve su mirada hacia el Éxodo.
Israel conoció la experiencia del desierto. Un camino largo, incierto y lleno de pruebas. Hubo momentos de confianza y también de desánimo. Momentos de fidelidad y momentos de rebelión.
Pero Dios nunca dejó de acompañar a su pueblo.
La nube durante el día.
La columna de fuego durante la noche.
El maná en medio del hambre.
El agua brotando de la roca.
Todo recordaba que el Señor caminaba con ellos.
La memoria de esta historia ayuda a la Iglesia a comprenderse a sí misma. También nosotros somos un pueblo en camino. Tampoco nosotros hemos llegado todavía a la tierra prometida definitiva.
Nuestra vida cristiana conserva siempre algo del desierto: la fe que avanza, la esperanza que espera y la confianza que aprende a apoyarse en Dios.
Acompañas a tu Iglesia con la fuerza constante del Espíritu Santo
Aquí aparece la gran novedad de la Nueva Alianza.
El pueblo antiguo fue guiado por signos externos. La Iglesia es guiada desde dentro por la presencia del Espíritu Santo.
El Espíritu no aparece solamente en momentos extraordinarios. El prefacio habla de su fuerza constante.
Constante en la predicación del Evangelio.
Constante en los sacramentos.
Constante en la santidad escondida de tantos creyentes.
Constante incluso en medio de las fragilidades humanas.
La historia de la Iglesia no puede comprenderse únicamente desde criterios sociológicos o históricos. En su interior actúa una presencia divina que la sostiene y la conduce.
Por eso, incluso cuando contemplamos las limitaciones de los hombres, seguimos creyendo que el Espíritu Santo continúa guiando a la Esposa de Cristo.
Hacia el gozo eterno de tu Reino
El prefacio no se limita a hablar del camino. También recuerda la meta.
La Iglesia no camina sin rumbo.
La humanidad no avanza hacia un destino incierto.
Dios conduce a su pueblo hacia el gozo eterno de su Reino.
Esta expresión es importante porque nos recuerda que la esperanza cristiana no consiste simplemente en mejorar este mundo, aunque ciertamente estamos llamados a transformarlo según el Evangelio. Nuestro destino último es mucho más grande.
La vida eterna.
La comunión definitiva con Dios.
La participación plena en su alegría.
Todo camino necesita una meta. Y la liturgia no deja que olvidemos cuál es la nuestra.
Con los ángeles y los santos
Antes de llegar al final del Santo, el prefacio vuelve a reunir la Iglesia peregrina con la Iglesia celestial.
Los ángeles y los santos ya han alcanzado la meta hacia la que nosotros caminamos.
Ellos contemplan aquello que nosotros esperamos.
Ellos poseen aquello que nosotros anhelamos.
Y, sin embargo, durante la liturgia sus voces y las nuestras forman un único canto.
La Eucaristía se convierte así en una anticipación del Reino futuro. La Iglesia que camina por la tierra participa ya, de forma sacramental, de la alabanza eterna del cielo.
«Bendito el que viene en nombre del Señor»
Después de proclamar la santidad de Dios, la liturgia añade estas palabras tomadas de la Escritura:
«Bendito el que viene en nombre del Señor».
Esta aclamación posee una profundidad extraordinaria.
En primer lugar, es una referencia directa a Cristo. Son las palabras que la multitud dirige a Jesús cuando entra en Jerusalén pocos días antes de su Pasión. El pueblo reconoce en Él al enviado del Padre, al Mesías esperado, al portador de la salvación.
Pero la liturgia no recuerda simplemente un acontecimiento pasado.
Cada vez que pronunciamos esta frase estamos confesando que Cristo sigue viniendo.
Viene en su Palabra proclamada.
Viene en la asamblea reunida en su nombre.
Viene en el sacerdote que preside la celebración.
Viene en los pobres y necesitados.
Y viene de manera única y real en el misterio de la Eucaristía.
Por eso esta aclamación ocupa un lugar tan significativo inmediatamente antes de la Plegaria Eucarística. La Iglesia reconoce que Aquel a quien espera ya está llegando.
Hay además una dimensión espiritual muy hermosa.
La vida cristiana consiste, en gran medida, en aprender a reconocer las venidas del Señor. A veces esperamos únicamente las manifestaciones extraordinarias de Dios y corremos el riesgo de no advertir su presencia cotidiana.
Sin embargo, Cristo viene constantemente.
Viene para corregir.
Viene para consolar.
Viene para fortalecer.
Viene para perdonar.
Viene para conducirnos.
Por eso la liturgia nos educa en una actitud de vigilancia agradecida.
No esperamos a un Dios ausente.
Acogemos a un Dios que viene.
Y, finalmente, esta expresión orienta nuestra mirada hacia la última venida de Cristo, aquella que esperamos al final de los tiempos. Toda Eucaristía contiene una tensión hacia ese encuentro definitivo. El Señor que viene sacramentalmente en el altar es el mismo Señor que vendrá gloriosamente para consumar su Reino.
Así, esta breve aclamación reúne el pasado, el presente y el futuro: el Cristo que entró en Jerusalén, el Cristo que se hace presente hoy y el Cristo que volverá en gloria.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Señor Jesús,
que nunca olvide que sigues guiando a tu Iglesia.
Cuando experimente incertidumbre, recuérdame tu providencia.
Cuando el camino parezca largo, fortalece mi esperanza.
Abre mis ojos para reconocer tus venidas cotidianas.
Y haz que te acoja siempre con alegría cuando llegues a mi vida.
Bendito seas, Señor, porque vienes continuamente a encontrarte con nosotros.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos recuerda que la historia de la salvación es la historia de un Dios que guía a su pueblo.
El Padre acompañó a Israel por el desierto.
El Espíritu sostiene hoy a la Iglesia peregrina.
Y Cristo nos conduce hacia el gozo eterno del Reino.
Por eso, cuando cantamos «Bendito el que viene en nombre del Señor», confesamos algo esencial para la vida cristiana: Dios no está lejos. No permanece ausente. No abandona la obra de sus manos.
El Señor viene.
Ha venido.
Y seguirá viniendo hasta conducirnos definitivamente a la alegría de su Reino.
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