93. Orar con la liturgia: Prefacio VIII dominical del Tiempo Ordinario

 

Orar con la liturgia: Prefacio VIII dominical del Tiempo Ordinario

La Iglesia unificada por virtud y a imagen de la Trinidad

La liturgia de este domingo nos invita a contemplar una realidad que muchas veces damos por supuesta: la Iglesia existe porque Dios reúne lo que el pecado dispersa.

Las lecturas nos hablan de acogida, de comunión y de pertenencia. Quien recibe al discípulo recibe a Cristo; quien ofrece un vaso de agua por amor al Señor participa ya de su recompensa. La salvación no nos aísla. Nos incorpora a un pueblo.

Precisamente ahí se sitúa este hermoso prefacio. No contempla la Iglesia principalmente desde sus estructuras, actividades o proyectos, sino desde su origen más profundo: la iniciativa del Padre que, por la sangre de Cristo y la fuerza del Espíritu, reúne a los hijos dispersos para hacerlos participar de su propia comunión divina.

Prefacio

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque has querido reunir de nuevo,
por la sangre de tu Hijo
y la fuerza del Espíritu,
a los hijos dispersos por el pecado;
de este modo tu Iglesia,
unificada por virtud y a imagen de la Trinidad,
aparece ante el mundo
como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu,
para alabanza de tu infinita sabiduría.

Por eso,
unidos a los coros angélicos,
te alabamos proclamando llenos de alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...

Reunir a los hijos dispersos

La primera imagen del prefacio es profundamente bíblica.

El pecado dispersa.

Lo vemos desde las primeras páginas de la Escritura. La ruptura con Dios genera ruptura con los demás, con uno mismo y con la creación. Allí donde entra el pecado aparece la división, la sospecha, el aislamiento y la fragmentación.

Por eso la obra de la salvación tiene siempre un carácter de reunificación.

Cristo no viene solamente a perdonar pecados individuales. Viene a congregar a los hijos de Dios dispersos.

Cada Eucaristía es un signo visible de esta obra. Personas distintas, historias diferentes, sensibilidades diversas, son convocadas por el Señor para formar un único pueblo.

La Iglesia nace de esta iniciativa divina. No es un grupo de personas que han decidido reunirse. Es Dios quien reúne.

Por la sangre de tu Hijo y la fuerza del Espíritu

El prefacio nos muestra los dos grandes movimientos de esta reunificación.

La sangre de Cristo destruye aquello que nos separaba de Dios.

El Espíritu Santo crea la comunión nueva.

La Iglesia no es fruto de un consenso humano ni de una afinidad natural. Su unidad tiene un origen sobrenatural.

Por eso toda auténtica comunión eclesial nace siempre cerca de la cruz y bajo la acción del Espíritu.

Cuando olvidamos esto, buscamos la unidad mediante estrategias o equilibrios humanos.

Cuando lo recordamos, comprendemos que la verdadera comunión es un don que debemos recibir continuamente.

Unificada por virtud y a imagen de la Trinidad

Esta es quizá la afirmación más sorprendente de todo el prefacio.

La Iglesia no solamente cree en la Trinidad.

La Iglesia está llamada a reflejar la Trinidad.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son perfectamente distintos y perfectamente uno.

No existe uniformidad, pero tampoco división.

La comunión trinitaria se convierte así en el modelo de toda vida cristiana.

Cada comunidad.

Cada familia.

Cada parroquia.

Cada amistad.

Todo vínculo humano encuentra aquí su inspiración más profunda.

La unidad cristiana no consiste en que todos sean iguales. Consiste en que la diversidad quede armonizada por el amor.

Por eso la Iglesia aparece ante el mundo como un signo visible del misterio invisible de Dios.

Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu

El prefacio reúne dos de las imágenes más importantes del Nuevo Testamento.

Somos cuerpo de Cristo.

Cristo no es simplemente alguien a quien seguimos desde fuera. Estamos incorporados a Él. Su vida circula por nosotros como la savia circula por las ramas.

Pero también somos templo del Espíritu.

La presencia divina ya no habita únicamente en un edificio sagrado. Habita en el pueblo reunido por Dios.

Cada bautizado se convierte en morada del Espíritu.

Y la comunidad cristiana entera se convierte en un espacio donde Dios quiere manifestar su presencia al mundo.

«Unidos a los coros angélicos»

Después de contemplar la Iglesia en la tierra, el prefacio dirige nuestra mirada hacia el cielo.

No dice simplemente que imitamos a los ángeles.

Dice algo mucho más audaz: estamos unidos a ellos.

La liturgia terrena nunca es una realidad aislada.

Cada vez que celebramos la Eucaristía participamos en una alabanza que ya resuena eternamente ante el trono de Dios.

Los Padres de la Iglesia insistían con frecuencia en esta verdad. Cuando la comunidad cristiana canta el Santo, no inicia una alabanza nueva. Se incorpora a una alabanza que ya existe.

Los ángeles contemplan sin cesar la gloria divina.

Nosotros todavía caminamos en la fe.

Ellos contemplan.

Nosotros esperamos.

Ellos poseen.

Nosotros peregrinamos.

Y, sin embargo, durante la liturgia ambos coros se unen.

Por eso la Misa es siempre mucho más grande de lo que perciben nuestros ojos.

En una pequeña parroquia.

En una capilla sencilla.

En una celebración cotidiana.

La Iglesia visible se une a la liturgia celestial.

El cielo y la tierra se encuentran.

La alabanza de los ángeles y la de los hombres forman una sola voz.

Quizá por eso el prefacio añade que proclamamos esta alabanza «llenos de alegría». Porque la liturgia nos permite participar ya, anticipadamente, en la comunión eterna hacia la que caminamos.

Orar el prefacio

Puede ayudarnos rezarlo así:

Señor Jesús,

reúne lo que en mí está disperso.

Hazme crecer en la comunión que nace de tu cruz y de tu Espíritu.

Que aprenda a vivir como miembro de tu Cuerpo y templo de tu presencia.

Y cuando participe en la Eucaristía, ayúdame a recordar que no estoy solo, sino unido a la alabanza de los ángeles y de todos los santos.

Clave mistagógica final

Este prefacio nos recuerda que la salvación no consiste únicamente en llegar individualmente a Dios.

Cristo ha venido a reunir.

A reconciliar.

A congregar.

A formar un pueblo que refleje en la historia la comunión misma de la Trinidad.

Y cada vez que celebramos la Eucaristía, esa comunión se ensancha todavía más.

No estamos solos ante Dios.

Nos unimos a la Iglesia de todos los tiempos, a los santos y a los ángeles.

Por eso la gran pregunta que deja este prefacio es sencilla:

¿Vivo mi fe como una experiencia aislada o como una participación real en la comunión que Dios está construyendo desde la tierra hasta el cielo?

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