92. Orar con la liturgia: Orar con el prefacio IV del Tiempo Ordinario
El Evangelio de este domingo nos invita a no tener miedo. Jesús repite varias veces: «No tengáis miedo». Y el prefacio nos muestra el fundamento profundo de esa confianza: nuestra vida está sostenida por Dios y orientada hacia una Pascua que ya ha comenzado en nosotros.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
En ti vivimos, nos movemos y existimos;
y, todavía en nuestro cuerpo,
no solo experimentamos
las pruebas cotidianas de tu amor,
sino que poseemos ya en prenda la vida futura;
pues esperamos gozar de la Pascua eterna
porque tenemos las primicias del Espíritu,
por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos.
Por eso, te alabamos con todos los ángeles,
aclamándote llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...
En ti vivimos, nos movemos y existimos
El prefacio comienza con unas palabras tomadas de la predicación de san Pablo en Atenas (cf. Hch 17,28).
No dice simplemente que Dios nos creó hace mucho tiempo. Dice algo mucho más profundo: vivimos en Él.
Cada respiración, cada instante, cada paso de nuestra existencia está sostenido por la presencia de Dios.
Muchas veces imaginamos nuestra relación con el Señor como algo que ocurre únicamente cuando rezamos, participamos en la Misa o realizamos alguna práctica religiosa. Sin embargo, la liturgia nos recuerda que Dios está más cerca de nosotros que nosotros mismos.
Vivimos en Él.
Nos movemos en Él.
Existimos en Él.
Toda nuestra vida se desarrolla dentro de este misterio de presencia.
Por eso el cristiano aprende poco a poco a descubrir a Dios no solo en los momentos extraordinarios, sino también en la trama humilde de cada jornada.
Las pruebas cotidianas de tu amor
La expresión resulta sorprendente.
Normalmente hablamos de las pruebas de la vida, de las dificultades, de las contrariedades. El prefacio, sin embargo, habla de las «pruebas cotidianas de tu amor».
La vida cristiana descubre que incluso los acontecimientos ordinarios pueden convertirse en lugares donde Dios educa nuestro corazón.
No siempre comprendemos sus caminos.
No siempre vemos inmediatamente el sentido de lo que vivimos.
Pero la fe nos permite reconocer que el amor de Dios sigue actuando incluso cuando atraviesa momentos oscuros.
Las pruebas no son necesariamente signos de abandono.
Muchas veces son espacios donde el Señor ensancha nuestra capacidad de confiar, esperar y amar.
Poseemos ya en prenda la vida futura
Este es uno de los grandes temas de este prefacio.
La vida eterna no es solamente una promesa para después de la muerte.
Ya ha comenzado.
Por el Bautismo hemos sido introducidos en la vida misma de Cristo.
Por la Eucaristía participamos anticipadamente del banquete del Reino.
Por el Espíritu Santo habita en nosotros una vida que no pasará jamás.
La liturgia utiliza una palabra preciosa: prenda.
Una prenda es un anticipo, una garantía, una señal cierta de lo que vendrá.
Todavía caminamos entre fragilidades, pero ya llevamos dentro la semilla de la gloria futura.
Las primicias del Espíritu
La razón de esta esperanza aparece inmediatamente después.
Esperamos la Pascua eterna porque ya hemos recibido las primicias del Espíritu.
Las primicias eran los primeros frutos de la cosecha. No eran toda la cosecha, pero anunciaban con certeza lo que estaba por venir.
Algo semejante sucede en la vida cristiana.
Cada vez que experimentamos la paz de Dios.
Cada vez que recibimos el perdón.
Cada vez que la caridad vence al egoísmo.
Cada vez que la esperanza resiste en medio de la dificultad.
Estamos tocando ya los primeros frutos de la vida nueva inaugurada por Cristo.
La Resurrección no es solamente un acontecimiento del pasado. Es una fuerza que actúa ahora mismo en quienes viven abiertos al Espíritu.
«Por Cristo, Señor nuestro»
En este prefacio merece una atención especial esta expresión que aparece al final de toda la acción de gracias.
A primera vista puede parecer una fórmula habitual que escuchamos constantemente en la liturgia. Sin embargo, contiene una verdad inmensa.
Todo lo que el prefacio acaba de proclamar nos llega por Cristo.
Vivimos en Dios por Cristo.
Recibimos las primicias del Espíritu por Cristo.
Esperamos la Pascua eterna por Cristo.
La vida cristiana no consiste en ascender por nuestras propias fuerzas hasta Dios. Es Cristo quien nos introduce continuamente en la comunión con el Padre.
Él es el puente.
Él es el mediador.
Él es el camino vivo.
Por eso la liturgia concluye tantas veces sus oraciones con esta expresión. No se trata de una fórmula de cierre. Es una confesión de fe.
Nada poseemos que no hayamos recibido por Él.
Nada esperamos que no nos haya sido abierto por Él.
Nada ofrecemos al Padre que no pase por Él.
La existencia cristiana entera tiene forma de participación. Vivimos de la vida de Otro, amamos con el amor de Otro, esperamos con la esperanza de Otro.
Y ese Otro es Cristo resucitado.
Cuando pronunciamos «Por Cristo, Señor nuestro», reconocemos humildemente que toda nuestra vida espiritual nace de su Pascua y vuelve a ella.
Orar el prefacio
Puede ayudarnos rezarlo así:
Señor Jesús, tú eres el camino por el que llegamos al Padre.
Cuando aparezca el miedo, recuérdame que mi vida está escondida en ti.
Hazme reconocer las huellas de tu amor en los acontecimientos ordinarios de cada día.
Que nunca olvide que ya has puesto en mi corazón las primicias de la vida eterna.
Y que aprenda a vivirlo todo, siempre, por ti y contigo.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos enseña que la esperanza cristiana no consiste en esperar pasivamente un futuro mejor.
La vida eterna ya ha comenzado.
Vivimos sostenidos por Dios.
Llevamos dentro las primicias del Espíritu.
Caminamos hacia la Pascua eterna.
Y todo ello sucede por Cristo, Señor nuestro.
Quizá la gran pregunta que deja este prefacio sea esta:
¿Vivo como quien todavía busca desesperadamente la vida, o como quien ya ha recibido en Cristo el comienzo de la vida que no tendrá fin?
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