83. Orar con la liturgia: Prefacio III Pascual
Cristo vivo e intercesor perpetuo en favor nuestro
En el tiempo pascual, la Iglesia no solo contempla a Cristo resucitado, sino que descubre lo que su vida gloriosa significa hoy para nosotros. El Prefacio Pascual III nos introduce en una verdad consoladora y central: Cristo no pertenece al pasado, sino que vive e intercede continuamente por nosotros.
Prefacio
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca exaltarte en este tiempo glorioso
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Porque él no cesa de ofrecerse por nosotros,
intercediendo continuamente ante ti;
inmolado, ya no vuelve a morir;
sacrificado, vive para siempre.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales,
los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
El tiempo pascual nos hace pasar de la contemplación del acontecimiento a la experiencia de su permanencia. Cristo ha sido inmolado, sí, pero no ha quedado en la muerte: vive y actúa.
La liturgia nos introduce en esta presencia viva. No recordamos simplemente un sacrificio pasado, sino que participamos de una ofrenda que permanece eficaz para siempre.
Porque él no cesa de ofrecerse por nosotros,
intercediendo continuamente ante ti
Aquí se revela el corazón de este prefacio. Cristo no ha dejado de amar ni de ofrecerse. Su entrega no pertenece al pasado: permanece viva.
Intercede continuamente. Esto significa que nuestra vida está constantemente presentada ante el Padre por el Hijo. No estamos solos: hay una oración permanente que nos sostiene.
La liturgia nos enseña así a vivir en confianza: incluso cuando nuestra oración es débil, Cristo ora en nosotros y por nosotros.
inmolado, ya no vuelve a morir;
sacrificado, vive para siempre
El lenguaje del prefacio une dos dimensiones aparentemente opuestas: muerte y vida. Cristo ha sido inmolado, pero ya no muere más. Su sacrificio no se repite, porque es perfecto y definitivo.
Y, sin embargo, ese sacrificio permanece, porque vive para siempre. La Pascua no elimina la cruz, sino que la transforma en vida eterna.
Aquí se encuentra una de las claves más profundas de la fe cristiana: la entrega de Cristo es eterna, siempre actual, siempre fecunda.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría
La contemplación de Cristo vivo e intercesor no puede sino generar alegría. No se trata de una emoción pasajera, sino de una certeza: estamos sostenidos por su vida.
El gozo pascual es desbordante porque brota de una victoria definitiva. Nada puede ya separar al hombre del amor de Dios manifestado en Cristo.
y también los coros celestiales…
La liturgia se abre al cielo. Ángeles y arcángeles cantan sin cesar, y la Iglesia se une a ese canto.
El Santo se convierte así en la expresión de una comunión viva: el cielo y la tierra, unidos en la alabanza al Cordero que vive para siempre.
Orar el prefacio
Orar este prefacio es descansar en la intercesión de Cristo. Podemos llevarle nuestras preocupaciones, nuestras luchas y nuestras debilidades, sabiendo que Él las presenta al Padre.
Señor Jesús, tú que vives para interceder por mí, enséñame a confiar en tu oración y a vivir sostenido por tu amor.
Clave mistagógica final
El Prefacio Pascual III nos introduce en una dimensión esencial de la Pascua: Cristo no solo ha vencido la muerte, sino que vive para siempre intercediendo por nosotros.
La liturgia nos forma así en una fe confiada y perseverante. Unidos a su ofrenda eterna, nuestra vida se convierte en oración, y nuestra oración en participación en el canto eterno de la gloria.
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