77. Orar con la liturgia Prefacio propio del IV Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Prefacio propio del IV Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

El ciego de nacimiento

Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

En este cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia introduce una tonalidad nueva: la luz irrumpe con fuerza en medio del camino penitencial. El prefacio propio del IV Domingo de Cuaresma nos hace contemplar a Cristo como luz del mundo, aquel que abre los ojos del ciego de nacimiento y revela, al mismo tiempo, el sentido profundo de nuestra propia historia.

El acento final —«con todo el ejército de los ángeles»— ensancha la escena: la curación del ciego no es solo un signo individual, sino un acontecimiento que hace resonar la alabanza de toda la creación.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

La acción de gracias se eleva al Padre como confesión de fe. En este domingo, dar gracias significa reconocer que Dios no abandona al hombre en la oscuridad, sino que sale a su encuentro.

La Cuaresma avanza así hacia una gratitud más profunda: incluso cuando no vemos con claridad, la liturgia nos enseña a confiar en la luz que viene de Cristo.

El cual, por el misterio de la encarnación,
condujo al género humano,
peregrino en tinieblas,
al esplendor de la fe;

El prefacio comienza señalando la raíz de toda iluminación: la encarnación. El Hijo de Dios entra en nuestra noche para guiarnos desde dentro.

La humanidad es descrita como peregrina en tinieblas. No se trata solo de una ceguera física, sino de una condición espiritual. Cristo no se limita a dar indicaciones desde lejos: conduce, acompaña, ilumina el camino hasta el esplendor de la fe.

y a los que nacieron esclavos del pecado
los hizo renacer por el bautismo,
transformándolos en tus hijos adoptivos.

La curación del ciego de nacimiento se abre aquí al horizonte sacramental. La verdadera luz no es solo ver, sino renacer.

El bautismo aparece como paso decisivo: de la esclavitud a la filiación, de la oscuridad a la vida nueva. La Cuaresma se revela así como tiempo privilegiado para redescubrir la gracia bautismal y dejar que Cristo vuelva a tocar nuestros ojos y nuestro corazón.

Por eso, Señor, tus criaturas del cielo y de la tierra
te adoran cantando un cántico nuevo,
y también nosotros, con todo el ejército de los ángeles,
te aclamamos por siempre diciendo:

El prefacio culmina en una alabanza que desborda lo humano. La curación, la iluminación, el renacer no pueden quedar en silencio: provocan un cántico nuevo.

Aquí resuena con fuerza el acento de este domingo: con todo el ejército de los ángeles. La liturgia nos recuerda que la salvación tiene una dimensión cósmica. El cielo y la tierra se unen, los ángeles y los hombres cantan juntos, porque la luz ha vencido a las tinieblas.

El Santo brota como proclamación eterna de esta victoria.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es dejarnos iluminar. Podemos presentarnos ante Dios con nuestras cegueras, conscientes o no, pidiendo la gracia de ver con los ojos de la fe.

Es una oración especialmente fecunda para renovar la conciencia bautismal: Señor, tú que me has sacado de las tinieblas, enséñame a caminar como hijo de la luz.

Clave mistagógica final

El prefacio del ciego de nacimiento nos enseña que la Cuaresma no es solo camino de renuncia, sino de iluminación. Cristo, luz del mundo, sigue conduciendo a la humanidad peregrina hacia el esplendor de la fe.

El acento final —«con todo el ejército de los ángeles»— nos revela que esta obra no es pequeña ni privada: es tan grande que hace cantar al cielo entero. La liturgia nos educa así para unir nuestra voz a la de los ángeles, anticipando ya en la tierra el canto eterno de la gloria.

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