78. Orar con la liturgia Prefacio propio del V Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

 Prefacio propio del V Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

La resurrección de Lázaro

Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

Al final del camino cuaresmal, la liturgia nos sitúa ante uno de los signos más sobrecogedores del Evangelio: la resurrección de Lázaro. El prefacio propio del V Domingo de Cuaresma nos invita a contemplar este acontecimiento no solo como anticipo de la Pascua, sino como revelación del corazón mismo de Cristo, verdadero hombre y Dios eterno.

En esta entrada, el acento se detiene especialmente en una súplica audaz y llena de esperanza: «Permítenos asociarnos a sus voces…». La salvación no se contempla desde fuera; se participa. No solo miramos la gloria, sino que somos invitados a cantar dentro de ella.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
porque Cristo, nuestro Señor.

La acción de gracias se orienta ahora de manera explícita hacia Cristo. Todo lo que el prefacio va a proclamar se concentra en Él, centro del misterio de la vida y de la muerte.

Dar gracias siempre y en todo lugar alcanza aquí una hondura extrema: incluso ante el sepulcro, incluso frente al llanto, la Iglesia aprende a reconocer la presencia de Dios que salva.

El cual, verdadero hombre,
lloró a su amigo Lázaro,

El prefacio comienza subrayando la humanidad real de Cristo. Jesús no permanece distante ante la muerte: llora. Sus lágrimas no son signo de debilidad, sino expresión de un amor que se deja afectar.

La liturgia nos enseña que Dios no redime al hombre desde la frialdad, sino desde la compasión. En Cristo, Dios llora con nosotros.

y, Dios eterno,
lo hizo salir del sepulcro.

Sin ruptura ni contraste artificial, el prefacio proclama la divinidad de Cristo. El mismo que llora es el que llama a Lázaro fuera del sepulcro.

Aquí se revela el misterio pascual en germen: la muerte no tiene la última palabra. El Dios eterno actúa dentro del tiempo y lo transforma desde dentro.

El mismo, compadecido del género humano,
nos conduce a la vida nueva
por medio de los santos sacramentos.

El signo de Lázaro se abre ahora a la vida de la Iglesia. No es un milagro aislado, sino anuncio de una obra que continúa.

Por los sacramentos, Cristo sigue conduciendo a la humanidad hacia la vida nueva. La Cuaresma se revela así como preparación a una participación más plena en esta vida que brota de la Pascua.

Por él, los coros de los ángeles
adoran tu gloria eternamente,
gozosos en tu presencia.

La mirada se eleva ahora al cielo. La obra de Cristo provoca una alabanza que no cesa. Los ángeles, testigos del misterio, viven en la alegría permanente de la presencia de Dios.

La liturgia nos recuerda que la salvación tiene una dimensión celestial: lo que acontece en la historia resuena en la eternidad.

Permítenos asociarnos a sus voces
cantando con ellos tu alabanza:

Aquí se encuentra el corazón doxológico del prefacio. No basta con saber que los ángeles alaban: la Iglesia pide participar en ese canto.

«Permítenos» es una súplica humilde y confiada. Reconocemos que la alabanza eterna es un don al que somos llamados. La Eucaristía se convierte así en lugar de encuentro entre el cielo y la tierra, donde los redimidos aprenden el canto de los salvados.

El Santo brota como respuesta agradecida a esta invitación.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es presentar a Cristo nuestras muertes y nuestros duelos, confiando en su palabra que llama a la vida.

Es una oración especialmente fecunda en el umbral de la Pascua: Señor Jesús, tú que lloras conmigo y me llamas a salir del sepulcro, permíteme unirme al canto de los que viven en tu presencia.

Clave mistagógica final

El prefacio de la resurrección de Lázaro nos introduce en el misterio de una salvación compasiva y gloriosa. Cristo no solo vence la muerte, sino que nos conduce a participar de su victoria.

La súplica «Permítenos asociarnos a sus voces» revela el destino último de la liturgia: aprender ya en la tierra el canto del cielo. La Cuaresma culmina así abriendo el corazón al deseo de la Pascua eterna, donde la alabanza no tendrá fin.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Indulgencia plenaria en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesus

Sermon de la Soledad 2026

Ferias mayores de adviento, Ero Cras