76. Orar con la liturgia Prefacio propio del III Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Prefacio propio del III Domingo de Cuaresma (Ciclo A)

La Samaritana

Entrar en la acción de gracias de la Iglesia

En el corazón del camino cuaresmal, la liturgia nos conduce al encuentro de Jesús con la Samaritana. El prefacio propio del III Domingo de Cuaresma nos invita a contemplar este diálogo no solo como un episodio evangélico, sino como una verdadera revelación del modo de amar de Dios, capaz de despertar la fe y encender el amor allí donde parecía no haber esperanza.

El acento de esta celebración se concentra en una expresión decisiva: «proclamamos tu grandeza». La experiencia de la fe recibida no se guarda en silencio, sino que se convierte en alabanza y testimonio.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

La acción de gracias abre, como siempre, la oración de la Iglesia. También en la Cuaresma, tiempo de conversión y purificación, la liturgia nos recuerda que todo comienza con un don recibido.

Dar gracias siempre y en todo lugar significa reconocer que incluso en nuestra sed, en nuestras búsquedas y en nuestras heridas, Dios ya está actuando. La historia de la Samaritana nos enseña que la iniciativa es siempre suya.

El cual, al pedir agua a la Samaritana,
ya había infundido en ella la gracia de la fe

El prefacio nos revela el sentido profundo del gesto de Jesús. Al pedir agua, Cristo no manifiesta solo una necesidad humana: está ya obrando la gracia en el corazón de aquella mujer.

Antes de que ella crea, la fe ya ha sido infundida. Antes de que ella pida, Dios ya ha dado. La liturgia nos enseña así que toda conversión comienza con una gracia previa, silenciosa, gratuita.

y, si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer,
fue para encender en ella el fuego del amor divino.

La sed de Cristo es una sed de fe y de amor. Jesús se hace mendigo para enriquecer; se muestra necesitado para despertar el deseo profundo del corazón humano.

El encuentro junto al pozo se convierte así en un lugar de transformación. Allí donde había una vida fragmentada, Cristo enciende el fuego del amor divino. La Cuaresma aparece entonces como tiempo favorable para dejar que ese fuego vuelva a arder en nosotros.

Por eso, Señor, te damos gracias
y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles:

El prefacio culmina con una respuesta clara y directa: dar gracias y proclamar la grandeza de Dios. Quien ha sido alcanzado por la gracia no puede permanecer en silencio.

La proclamación no es solo palabra, es alabanza. Unida al canto de los ángeles, la Iglesia confiesa que la obra de Dios es digna de ser celebrada públicamente. La Samaritana, que fue al pozo en soledad, se convierte en testigo; la Iglesia, que ha recibido la fe, se convierte en asamblea que canta.

El Santo brota así como expresión de una fe encendida por el encuentro con Cristo.

Orar el prefacio

Orar este prefacio es dejarnos encontrar por Cristo en nuestra propia sed. Podemos presentarle nuestros deseos, nuestras búsquedas y nuestras incoherencias, confiando en su mirada que no juzga, sino que transforma.

Es una oración especialmente fecunda para pedir un corazón disponible: Señor, dame de beber de tu agua viva y enciende en mí el fuego de tu amor.

Clave mistagógica final

El prefacio de la Samaritana nos enseña que la fe es siempre un don que precede y un fuego que impulsa. Quien ha sido alcanzado por la gracia no se encierra en sí mismo, sino que proclama la grandeza de Dios con su vida.

La Cuaresma avanza así como un camino de encuentro y de testimonio. Desde el pozo cotidiano de nuestra existencia, la liturgia nos educa para pasar de la sed a la alabanza, y de la alabanza al canto eterno de la gloria.

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