Formación litúrgica: “Tres prodigios, una sola revelación: Cristo manifestado para nuestra salvación”
“Tres prodigios, una sola revelación: Cristo manifestado para nuestra salvación”
Oración
Te rogamos, Señor, que el esplendor de tu majestad ilumine nuestros corazones, para que podamos atravesar las tinieblas de este mundo y lleguemos a la patria de la claridad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Antífona Magnificat II Vísperas Solemnidad de la Epifania
Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios:
hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre;
hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná;
hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya.
1. Introducción: entrar en el misterio
Hermanos, nos reunimos para dejarnos formar por la liturgia, que no solo se escucha ni se explica, sino que se habita, se contempla y se saborea. La antífona que acabamos de proclamar no es un simple resumen poético: es una clave teológica, una síntesis espiritual de todo el misterio que la Iglesia celebra en torno a la manifestación del Señor.
Tres acontecimientos distintos en el tiempo y en el espacio —Belén, Caná, el Jordán— aparecen aquí unidos. No como recuerdos dispersos, sino como un único movimiento de revelación. La liturgia nos enseña así que Dios se revela progresivamente, y que cada signo ilumina a los otros.
Para comprender esto, necesitamos primero detenernos en dos palabras fundamentales: epifanía y revelación.
2. ¿Qué significa “epifanía”? ¿Qué es revelación?
2.1 Epifanía: lo que se hace visible
La palabra epifanía viene del griego epipháneia, que significa literalmente “manifestación”, “aparición”, “hacerse visible”. No se trata solo de algo que aparece, sino de alguien que se deja ver.
En la fe cristiana, epifanía no significa que Dios empieza a existir o actuar, sino que Dios permite que el ser humano lo reconozca. La epifanía es siempre don, nunca conquista.
La Epifanía, por tanto, no es solo una fiesta del pasado, sino una dinámica permanente: Dios sigue manifestándose a quienes tienen ojos para ver y corazón para acoger.
2.2 Revelación: Dios que se da a conocer
La revelación es el acto por el cual Dios se comunica a sí mismo. No comunica solo ideas, normas o mensajes, sino su propio Misterio. En la Biblia, Dios no se revela explicándose, sino actuando, hablando, entrando en la historia.
Y el centro de toda revelación es una persona: Jesucristo.
Él no solo trae la revelación: Él es la Revelación.
Por eso, cada epifanía es siempre cristológica: en cada signo, Cristo se muestra como quien es realmente.
3. Una sola antífona, una sola teología
Volvamos ahora a la antífona. La Iglesia une tres hechos:
- La estrella y los magos
- El agua convertido en vino
- El Bautismo en el Jordán
¿Por qué unirlos? Porque los tres responden a la misma pregunta:
¿Quién es este Niño nacido en Belén?
Y los tres dan la misma respuesta, cada uno con un lenguaje distinto:
- A los magos, Cristo se manifiesta como Luz para todas las naciones.
- En Caná, se revela como Esposo mesiánico que trae el vino nuevo.
- En el Jordán, se manifiesta como Hijo amado del Padre y Siervo salvador.
No son tres cristos distintos, sino tres facetas de un único Misterio.
4. Primer prodigio: la estrella que conduce a los magos (Epifanía)
La Epifanía nos presenta a unos extranjeros, sabios, buscadores, que no pertenecen al pueblo de la promesa. No tienen la Ley ni los Profetas, pero tienen deseo, y ese deseo los pone en camino.
La estrella no los obliga: los atrae. Dios no impone su luz; la ofrece con delicadeza. No se manifiesta anulando la libertad, sino despertándola.
Aquí Cristo se manifiesta:
- No solo a Israel
- No solo a los cercanos
- Sino a todas las naciones
El pesebre se convierte en trono, y el Niño en Rey universal. La Epifanía nos revela que nadie queda fuera del plan de Dios.
Mistagógicamente
La estrella es imagen de cómo Dios inicia hoy el camino de la fe. No comienza con certezas, sino con preguntas. Dios educa primero el deseo, porque sin deseo no hay búsqueda.
Los magos caminan, se equivocan, preguntan. La estrella no sustituye el camino. Así actúa la liturgia: no nos ahorra el proceso interior, sino que lo acompaña y lo purifica.
Cuando llegan al pesebre, no reciben explicaciones. Adoran. Aquí culmina toda mistagogía auténtica: no en el saber, sino en el reconocimiento adorante del Misterio.
5. Segundo prodigio: el Bautismo en el Jordán
El Bautismo del Señor no es un gesto de conversión personal, sino un acto de revelación trinitaria.
- El Hijo entra en el agua
- El Espíritu desciende
- El Padre habla
Aquí se revela quién es Jesús ante Israel:
“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
Cristo se manifiesta como:
- Hijo, no solo profeta
- Siervo, solidario con los pecadores
- Cordero, que cargará con el pecado del mundo
Litúrgicamente, este acontecimiento ilumina nuestro propio bautismo: en Cristo, también nosotros somos llamados hijos, amados, enviados.
Mistagógicamente
Jesús entra en el Jordán desde dentro de la condición humana. No salva desde fuera, sino sumergiéndose en nuestra realidad. La mistagogía cristiana nos enseña que la gracia no evita la vida, sino que la atraviesa.
El Padre no encomienda primero una misión, sino que revela una identidad: antes de hacer, Jesús es Hijo.
Esto es decisivo para nuestra fe: no somos cristianos por lo que hacemos, sino por lo que hemos recibido.
Cada vez que la liturgia nos pone en contacto con el agua, el Jordán se actualiza hoy. Dios vuelve a decirnos:
“Tú eres mi hijo amado”.
6. Tercer prodigio: las Bodas de Caná
Caná no es solo un milagro: el evangelista Juan lo llama “signo”. Es decir, algo que revela una realidad más profunda.
¿Qué se revela aquí?
- Jesús como Esposo, en una boda que evoca la alianza.
- El vino nuevo, signo de la alegría mesiánica.
- La hora, que comienza a vislumbrarse.
Aquí Cristo se manifiesta a sus discípulos, y ellos creen en Él.
Mistagógicamente
La falta de vino revela una verdad profundamente humana: la alegría se agota, las fuerzas no bastan, la fiesta se termina. La mistagogía cristiana no empieza en la plenitud, sino en el reconocimiento humilde de la carencia.
El agua destinada a la purificación se transforma en vino excelente. Aquí se revela la lógica sacramental: Dios toma lo ordinario y lo transforma sin destruirlo.
Caná nos introduce en el misterio de la Eucaristía.
La frase de María:
“Hagan lo que Él les diga”
es la clave de toda mistagogía cristiana: no entenderlo todo, sino fiarse del signo.
7. Síntesis final: tres epifanías, un solo Cristo
La antífona nos ha guiado como una estrella a lo largo de esta formación, mostrándonos tres prodigios, tres epifanías, pero un solo Misterio.
- En Belén, Cristo se manifiesta como Luz para todas las naciones.
- En el Jordán, se revela como Hijo amado del Padre y Salvador.
- En Caná, se manifiesta como Esposo que trae el vino nuevo de la alegría.
No son tres Cristos distintos, sino tres manifestaciones progresivas de una misma identidad.
Podemos decir, con toda propiedad, que todo el Evangelio es una sucesión de epifanías: signos, palabras y encuentros en los que Jesús va dejando ver, poco a poco, quién es realmente.
Pero esta revelación no terminó entonces.
Las epifanías del Evangelio continúan hoy en la liturgia.
La liturgia no recuerda simplemente lo que Cristo hizo, sino que lo hace presente y eficaz. En ella, el mismo Señor que se manifestó en Belén, en el Jordán y en Caná, se sigue manifestando hoy:
- Hoy nos habla en la Palabra proclamada.
- Hoy nos llama hijos en el Bautismo.
- Hoy se entrega como Esposo en la Eucaristía.
Por eso, la liturgia no es un museo del pasado, sino el lugar donde el Evangelio sucede hoy.
Dios se ha revelado en Cristo para salvarnos,
y sigue manifestándose hoy en la liturgia, en los sacramentos y en la vida.
8. Conclusión
Señor Jesús,
Luz que guía a los pueblos,
Hijo amado del Padre,
Esposo que transforma nuestra pobreza en vino nuevo,
haznos dóciles a tus epifanías cotidianas,
para que, reconociéndote revelado y presente,
vivamos como hijos amados
y seamos testigos de tu gloria.
Amén. Aleluya.
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