68. Orar con la liturgia: Prefacio del Bautismo del Señor
Prefacio del Bautismo del Señor
El prefacio en la celebración eucarística
El prefacio es la primera gran proclamación de la Plegaria Eucarística. Después del diálogo inicial («El Señor esté con vosotros…»), la Iglesia eleva una acción de gracias solemne al Padre por la obra de la salvación que se celebra en ese día o tiempo litúrgico.
En el prefacio no pedimos todavía nada: contemplamos, reconocemos y damos gracias. Por eso siempre culmina invitándonos a unirnos al canto del cielo en el Santo. Escuchar el prefacio con atención nos ayuda a entrar más hondamente en el misterio que la Eucaristía actualiza.
El Bautismo del Señor
En la fiesta del Bautismo del Señor, la liturgia nos conduce a las orillas del Jordán, donde Jesús comienza su vida pública. Allí se manifiesta el misterio de su identidad: el Hijo amado del Padre, ungido por el Espíritu y enviado a anunciar la buena noticia a los pobres.
El prefacio de esta fiesta nos invita a contemplar este acontecimiento no solo como un recuerdo del pasado, sino como la fuente de nuestro propio bautismo, en el que también nosotros hemos sido llamados hijos, ungidos por el Espíritu y enviados al mundo.
Texto completo del prefacio
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.Porque estableciste un nuevo bautismo con señales admirables en el Jordán,
para que, mediante la voz venida del cielo, se creyera que tu Verbo habitaba entre los hombres;
y, por el Espíritu que descendió en forma de paloma,
fuese reconocido Cristo, tu Siervo, ungido con óleo de alegría,
y enviado a evangelizar a los pobres.Por eso, con las virtudes del cielo te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
La Iglesia comienza confesando que la acción de gracias no es opcional. Dar gracias es justicia, porque reconoce la verdad de Dios; es necesidad, porque sin gratitud el corazón se cierra; es salvación, porque nos sitúa en la relación justa con el Padre.
La alabanza no depende del momento ni del lugar: siempre y en todo lugar. Así se nos introduce ya en la lógica eucarística, que transforma el tiempo ordinario en tiempo de gracia (cf. 1 Tes 5,18).
Porque estableciste un nuevo bautismo con señales admirables en el Jordán…
El motivo de la acción de gracias es un acto concreto de Dios. No una idea, sino un acontecimiento. En el Jordán, Dios establece algo nuevo. El bautismo de Jesús no es repetición del rito antiguo, sino inauguración de una realidad que transforma el agua en lugar de revelación y de paso.
Las señales admirables evocan el lenguaje bíblico de las obras salvíficas de Dios (cf. Ex 15,11). El Jordán se convierte así en umbral de la nueva creación
…para que, mediante la voz venida del cielo, se creyera que tu Verbo habitaba entre los hombres;
La voz del cielo no es solo un sonido, sino revelación. Como en el Sinaí, Dios habla; pero ahora no para entregar una ley, sino para señalar a una Persona. El prefacio nos conduce al corazón del misterio cristiano: el Verbo, la segunda persona de la Trinidad, no permanece distante, habita entre los hombres (cf. Jn 1,14).
La fe nace de escuchar esta voz, no de comprenderlo todo.
y, por el Espíritu que descendió en forma de paloma, fuese reconocido Cristo, tu Siervo…
El Espíritu no solo desciende, sino que hace reconocer. Es Él quien abre los ojos para ver en Jesús al Elegido del Padre. La imagen de la paloma evoca el comienzo del mundo nuevo tras el diluvio (cf. Gn 8,11): en Jesús comienza una humanidad reconciliada.
Aquí la Iglesia confiesa a Cristo como el Siervo, aquel anunciado por Isaías, que no grita ni quiebra la caña cascada (cf. Is 42,1-7).
…ungido con óleo de alegría, y enviado a evangelizar a los pobres.
La unción es para la misión. El Espíritu consagra a Jesús no para separarlo del mundo, sino para enviarlo a los pobres. La alegría no es evasión, sino fruto del cumplimiento del designio del Padre (cf. Is 61,1; Lc 4,18).
Este envío define toda la vida de Jesús y anticipa la misión de la Iglesia.
Por eso, con las virtudes del cielo te aclamamos continuamente en la tierra alabando tu gloria sin cesar:
La contemplación conduce a la alabanza. La Iglesia, aún peregrina, se une ya a la liturgia celestial. El Santo no es ruptura, sino culminación: lo que ha sido revelado en el Jordán es proclamado ahora por el cielo y la tierra unidos.
Orar el prefacio
Padre santo,
te damos gracias porque en el Jordán
has rasgado los cielos
y nos has mostrado a tu Hijo amado.
Haz que, ungidos por tu Espíritu,
reconozcamos en Jesús al Siervo
y vivamos como enviados
para anunciar tu salvación.
Clave mistagógica final
Este prefacio nos enseña a mirar nuestro propio bautismo desde el de Cristo. Cada vez que la Iglesia lo proclama, nos introduce en el misterio que celebramos: somos hijos en el Hijo, ungidos por el Espíritu y enviados al mundo.
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