69. Orar con la liturgia: Prefacio I del Tiempo Ordinario
Entrar en la acción de gracias de la Iglesia
Cada domingo, la Iglesia eleva al Padre una gran oración de acción de gracias: el prefacio. No es un simple texto introductorio, sino una confesión de fe orante, en la que se expresa el motivo por el cual la comunidad reunida se dispone a cantar el Santo.
En este II Domingo del Tiempo Ordinario, el Misal nos propone el Prefacio I dominical del Tiempo Ordinario, que nos invita a contemplar la obra salvadora realizada por Cristo y la identidad nueva que hemos recibido por su Misterio pascual.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
La liturgia comienza con una afirmación solemne: dar gracias es justo y necesario. No se trata de una fórmula retórica, sino de una verdad que orienta toda la celebración.
Es justo, porque reconoce quién es Dios y quiénes somos nosotros ante Él. Es necesario, porque sin gratitud el corazón se encierra en sí mismo y pierde la memoria del don recibido. Y es salvación, porque la acción de gracias nos introduce en la lógica pascual de Cristo, que lo recibe todo del Padre y todo lo devuelve como alabanza.
El siempre y en todo lugar ensancha nuestro horizonte: la Eucaristía nos educa para descubrir que incluso el tiempo ordinario está habitado por la gracia. Nada queda fuera de la posibilidad de dar gracias cuando vivimos por Cristo, Señor nuestro.
Quien, por su Misterio pascual,
realizó la obra maravillosa
de llamarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte,
al honor de ser estirpe elegida,
sacerdocio real,
nación consagrada,
pueblo de su propiedad,
El motivo concreto de la acción de gracias se revela ahora con claridad: el Misterio pascual. La Pascua no es solo un acontecimiento del pasado, sino una obra eficaz que sigue actuando en la vida de la Iglesia.
El prefacio describe esta transformación como un llamamiento: hemos sido sacados de la esclavitud del pecado y de la muerte para recibir una dignidad inesperada. El lenguaje bíblico subraya esta novedad con títulos que expresan nuestra identidad bautismal: estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad.
No se trata de privilegios, sino de una pertenencia. En Cristo, nuestra vida ya no nos pertenece del todo: somos de Dios y para Dios.
para que, trasladados de las tinieblas a tu luz admirable,
proclamemos ante el mundo tus maravillas.
La Pascua es presentada como un verdadero paso: de las tinieblas a la luz. Esta luz no es solo claridad moral, sino la presencia misma de Dios que ilumina la existencia.
El prefacio añade inmediatamente la finalidad: proclamar tus maravillas. Quien ha sido iluminado no puede guardar la luz para sí. La Eucaristía nos forma como testigos: la alabanza celebrada se convierte en misión vivida.
Por eso,
con los ángeles y arcángeles,
tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
La oración culmina elevándonos al cielo. La liturgia nos recuerda que cada Eucaristía es participación real en la alabanza eterna. La Iglesia en la tierra se une a la liturgia celestial y anticipa, en el canto del Santo, el destino al que camina.
Orar el prefacio
Este prefacio puede convertirse fácilmente en oración personal y comunitaria. Al rezarlo, podemos comenzar reconociendo que dar gracias es justo y necesario, también cuando no comprendemos del todo lo que vivimos.
Podemos presentar ante el Padre nuestras propias tinieblas, pidiendo ser nuevamente trasladados a su luz admirable. Y podemos acoger con humildad nuestra vocación: ser pueblo suyo, no por mérito, sino por pura gracia.
Orar el prefacio es aprender a decir con la Iglesia: Señor, todo lo recibimos de ti, y todo lo devolvemos como alabanza.
Clave mistagógica final
El Prefacio I del Tiempo Ordinario nos introduce en una espiritualidad profundamente eucarística: vivir desde la gratitud. La expresión inicial —«En verdad es justo y necesario»— actúa como una escuela del corazón, enseñándonos a mirar la vida desde la Pascua.
La liturgia nos revela así que lo ordinario puede convertirse en lugar de salvación cuando es vivido como respuesta agradecida al don de Dios. Cada domingo, la Iglesia aprende de nuevo a reconocerse como pueblo salvado, iluminado y enviado, hasta que su canto se una definitivamente al himno eterno de la gloria.
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